Hay noches en las que el miedo cambia de textura


Durante el día es apenas una idea, una palabra seca, casi administrativa, un pequeño animal encerrado detrás de las costillas que uno puede ignorar mientras firma papeles, responde mensajes, compra pan, estrecha manos y representa con suficiente dignidad el papel de persona normal. Pero llega la noche y algo modifica la sustancia de las cosas. El miedo deja de ser pensamiento y comienza a comportarse como materia. Se vuelve húmedo. Se pega a la piel. Se extiende por las sábanas con la paciencia de una mancha que nadie vio aparecer. Uno no sabe exactamente qué teme, y justamente por eso teme más, porque lo indefinido no puede ser enfrentado: no tiene rostro, no tiene dirección, no tiene la decencia de presentarse.

La casa se vuelve entonces un instrumento para medir la fragilidad. El refrigerador respira en la cocina. Una tubería cruje detrás del muro. La madera conserva sonidos de otros años. El viento empuja una ventana con una insistencia casi humana. Y de pronto todos esos ruidos dejan de pertenecer al mundo exterior y adquieren una intimidad insoportable, como si la casa conociera nuestros pensamientos y estuviera probando distintas maneras de pronunciarlos. El oído se transforma en una puerta sin cerradura. Escucha antes de comprender. Escucha lo que todavía no ha sucedido. Escucha incluso el silencio, que durante la noche ya no parece ausencia de sonido sino una criatura inmensa agazapada detrás de los objetos.

Entonces uno recuerda que el cuerpo tiene memoria de cosas que la conciencia ha decidido olvidar. Una mano que alguna vez tembló. Una habitación abandonada. Una despedida que ocurrió demasiado rápido. Una voz detrás de una puerta. El miedo no necesita inventar nada: le basta con tocar ciertos lugares. Esa es su inteligencia más cruel. No construye fantasmas, descubre habitaciones donde ya vivían. Por eso hay noches en que despierto con la certeza absurda de que alguien acaba de pronunciar mi nombre, aunque nadie lo haya hecho, y permanezco inmóvil mirando el techo, esperando que la oscuridad cometa un error.

Lo extraño es que el miedo no siempre quiere escapar. Algunas veces quiere quedarse. Se acomoda en el pecho como una piedra tibia, desciende hacia el estómago, endurece la nuca, vuelve pesada la lengua. Uno comienza a respirar con cuidado, como si incluso el aire pudiera delatarlo. En esos instantes comprendemos que la angustia no es solamente temor al peligro, sino sospecha de nuestra propia existencia: la intuición de que debajo de las costumbres, los nombres y los días ordenados existe algo que no sabemos gobernar. Algo sin argumentos. Algo anterior a nosotros. Quizá por eso la noche resulta tan fértil para el miedo: porque apaga las distracciones con las que fabricamos continuidad y nos devuelve, desnudos, a la evidencia de estar aquí.

A las tres de la mañana todo parece ligeramente falso. El vaso sobre la mesa. La silla. La fotografía. La puerta. Incluso las manos que descansan sobre las piernas parecen pertenecer a otro. Tal vez el miedo alcance su forma más precisa cuando deja de decirnos “algo malo ocurrirá” y comienza a susurrarnos “algo ya ocurrió, pero todavía no sabes qué”. Entonces la habitación se estrecha sin moverse, el techo parece descender unos centímetros, la oscuridad adquiere profundidad, y durante unos segundos insoportables uno siente que la realidad no está hecha de objetos sino de superficies delgadas colocadas sobre un agujero.

Después llega una hora incierta en que la madrugada comienza a desteñirse. No desaparece el miedo. Simplemente cambia otra vez. Se enfría. Se vuelve polvo, cansancio, una película fina sobre los ojos. El mundo recupera sus contornos y la casa vuelve a parecer inocente, como esas personas que juran no recordar lo que hicieron cuando nadie las estaba mirando. Yo permanezco despierto, tocando con la punta de los dedos la sábana, tratando de distinguir su textura de la otra, la que durante unas horas tuvo el miedo, y descubro que ya no sé exactamente dónde termina una superficie y comienza la otra.