La obsolescencia programada


Una mañana descubrí que la cafetera sabía más de mi muerte que yo. Hizo un ruido extraño, tosió una última vez y dejó sobre la mesa una taza de agua tibia, como si incluso el café hubiera decidido jubilarse antes que nosotros. La miré durante un rato con esa mezcla de indignación y ternura que reservamos para las cosas que han envejecido a nuestro lado. Tenía una pequeña grieta en el plástico, una capa de polvo junto al interruptor, una obstinación absurda por seguir funcionando. Pensé entonces que quizá eso era la vejez: no una caída repentina, sino la lenta aparición de piezas que ya no encuentran repuesto.

Vivimos rodeados de objetos concebidos para durar exactamente lo necesario. Un teléfono envejece mientras todavía funciona. Una camisa deja de pertenecernos cuando una vitrina declara otra temporada. Una relación comienza a parecer defectuosa cuando ya no produce la misma cantidad de entusiasmo. Hasta las palabras llegan con fecha de vencimiento. Amor, éxito, juventud, futuro: pequeñas etiquetas brillantes pegadas sobre mercancías que aprendimos a desear antes de aprender a necesitarlas. Lo curioso es que terminamos aplicando la misma lógica al cuerpo. Miramos una arruga como si fuera un defecto de fabricación. Una cicatriz parece una falla de diseño. El cansancio necesita una explicación farmacéutica. La tristeza, una actualización.

Quizá la civilización moderna no inventó el consumo sino el miedo al reemplazo. No basta con tener algo: hay que demostrar que todavía sirve. No basta con estar vivo: hay que parecer vigente. Cada espejo se convirtió en una inspección técnica. Cada fotografía, en un control de calidad. Cada cumpleaños, una auditoría silenciosa en la que el cuerpo presenta piezas cada vez más difíciles de conseguir. Huesos. Dientes. Memoria. Deseo. La garantía terminó hace tiempo, pero insistimos en comportarnos como si alguna oficina pudiera recibir el formulario correspondiente.

Recuerdo los objetos de mi infancia que sobrevivieron décadas sin que nadie considerara vergonzoso su envejecimiento. Una lámpara amarillenta. Un reloj que atrasaba siete minutos. Una silla con el asiento hundido exactamente donde alguien había vivido durante años. Tenían algo que hoy parece sospechoso: historia. No eran nuevos ni eficientes ni brillantes. Eran testigos. Habían acumulado accidentes, manchas, pequeñas reparaciones, dedos, voces, mudanzas. El deterioro les otorgaba una biografía. Nosotros, en cambio, aprendimos a esconder las huellas. Pulimos las superficies hasta borrar el tiempo y después fingimos sorpresa cuando descubrimos que debajo no había nada.

Tal vez por eso me conmueven tanto las cosas inútiles. Un aparato que ya no enciende. Una llave de una puerta demolida. Un abrigo demasiado viejo para la moda y demasiado lleno de recuerdos para tirarlo. Hay una dignidad secreta en aquello que ha dejado de cumplir su función. El objeto inútil ya no tiene que demostrar nada. Ha sido expulsado del circuito y, precisamente por eso, comienza a existir de otra manera. Quizá nosotros envejecemos para alcanzar esa libertad terrible: dejar de ser instrumentos.

La cafetera sigue sobre la mesa. Nadie la ha reparado. Nadie la ha reemplazado. Esta mañana le pasé la mano por encima y levanté una pequeña nube de polvo. Allí estaban sus años, intactos, haciendo resistencia al brillo de las cosas nuevas. Pensé en mi propia piel, en las zonas donde comienza a ceder, en todo lo que algún día dejará de funcionar sin previo aviso. No sentí tristeza exactamente. Sentí algo más extraño: la sospecha de que quizá la falla nunca fue una falla, sino el verdadero programa. Y que la única obsolescencia completamente prevista desde el principio era la nuestra.