Quémalo todo y reza después


Quémalo todo y reza después, porque la oración dicha antes del incendio suele ser apenas una costumbre con las manos juntas, una pequeña superstición doméstica, una manera decorosa de pedir permiso para seguir viviendo dentro de la jaula. Quémalo todo: los retratos donde todavía sonríen los muertos, las palabras heredadas que te pusieron un nombre antes de que pudieras defenderte, los contratos invisibles, las promesas con letra menuda, las habitaciones donde aprendiste a obedecer al miedo y ese dios de yeso que te mira desde la pared como un empleado cansado del cielo. Hazlo sin ceremonia. El fuego no necesita teología. Le basta el oxígeno.

Después vendrá la policía de la memoria. Entrará en tu cabeza con sus botas mojadas, levantará actas sobre los restos, preguntará quién autorizó la catástrofe, quién puso la primera cerilla, quién eras antes de convertirte en sospechoso de tu propia existencia. Tú no respondas. Hay preguntas que nacen ya podridas. Hay respuestas que son solamente habitaciones amuebladas para que el vacío no se vea. El yo también arde, aunque tarde más, porque está construido con astillas de voces ajenas, con deseos alquilados, con una infancia que alguien falsificó y dejó firmada al pie de la página. El incendio verdadero empieza cuando descubres que dentro de tu nombre vive un desconocido.

Camina entre las ruinas. No las llames ruinas todavía. Llámalas por sus nombres antiguos: patria, familia, éxito, eternidad, pureza, destino. Pronunciarlos después del fuego produce una música extraña, como si el lenguaje estuviera tratando de reconstruir un cadáver con palabras. Ahí aparece la trampa: destruyes los ídolos y descubres que también necesitas sus pedestales. Arrasas el templo y conservas el hambre de santuario. Nieblas a Dios y sigues mirando hacia arriba. Dices que nada tiene sentido y, sin embargo, te desespera que una taza rota, una mujer que se marcha o una noche de lluvia no tengan un significado secreto escrito detrás. El absurdo no consiste en que el universo calle; consiste en que nosotros seguimos interrogándolo como un borracho frente a una puerta cerrada.

Entonces reza. Pero no reces para que algo vuelva a su sitio. Reza con la boca llena de ceniza, con los dientes calientes, con el sabor metálico de haber comprendido demasiado tarde que la fe puede ser otra forma del incendio. Reza por aquello que no existe, por aquello que existe sin necesitarte, por la sombra que atraviesa el pasillo cuando nadie camina, por el deseo que se disfraza de mandato, por esa criatura nocturna que usa tu voz cuando crees estar pensando. Reza sin pedir absolución. La culpa también es un lujo de los que todavía conservan una versión estable de sí mismos.

Y cuando el fuego se extinga, cuando la ciudad amanezca cubierta de una costra blanca y los pájaros confundan las antenas con ramas muertas, no levantes nada. Déjalo así. Hay una dignidad feroz en no reconstruir inmediatamente la mentira. Permanece frente al hueco, frente a la arquitectura desnuda del desastre, escuchando cómo tu corazón golpea contra el pecho como alguien que quiere escapar de una casa que ya no existe. Después, quizá, comprenderás que la plegaria no era para salvar las cosas sino para soportar su desaparición. Y quizá ni siquiera eso. Porque todavía queda una brasa debajo de las costillas, pequeña, obscena, obstinada, y se parece demasiado a una respuesta.