Meditaciones de un animal eléctrico
Nací conectado a una corriente que no recuerdo haber pedido. La ciudad me alimentó con neón, motores, anuncios, cables, pantallas, pequeñas descargas de deseo que entraban por los ojos y salían por las manos. Desde entonces camino como quien lleva un relámpago domesticado debajo de la piel. Dicen animal cuando quieren reducirme a la obediencia, dicen máquina cuando quieren eximirse de mi hambre, pero yo no sé dónde termina la carne y comienza el circuito, dónde la voluntad se desprende del mandato, dónde una decisión deja de ser mía y se convierte en el eco de una multitud que piensa por mí con la cortesía de los algoritmos. Tengo un corazón que golpea como una batería clandestina y una mente que, a ciertas horas, sospecha de todo: del espejo, del lenguaje, de la memoria, incluso de la palabra yo, esa moneda oxidada con la que compramos la ficción de ser uno.
A veces creo que mi cuerpo es una estación de tren abandonada donde llegan, sin horario, los fantasmas de todo lo que no hice. El deseo entra por la boca con sabor a cobre, se instala en el estómago, sube por la garganta y allí aprende a hablar con voz ajena. Quiero algo, sí, pero cada vez es más difícil saber si querer significa escoger o repetir; quizá la libertad sea apenas una descarga con nombre elegante, una chispa que el sistema deja escapar para que el animal siga creyendo que la jaula tiene ventanas. Y sin embargo, en la madrugada, cuando los edificios bajan el volumen y el asfalto parece una piel mojada, siento una pulsación que no coincide con ninguna orden. No sé si es rebeldía, instinto, trauma, memoria ancestral o un simple cortocircuito, pero late.
He aprendido que la razón también suda. Se equivoca, tiembla, se contradice, se moja en la lluvia y llega tarde a sus propias conclusiones. Por eso pienso mejor cuando camino. El pensamiento se vuelve músculo, respiración, rodilla, ruido de zapato contra baldosa. Entonces aparece una certeza incómoda: existir no es poseer una esencia sino negociar con el accidente, cargar una forma provisional dentro de un universo que no firmó contrato. Somos materia que interpreta su propia herida mientras el tiempo, indiferente y preciso, continúa pasando sobre nosotros como una mano que borra una inscripción. ¿Qué queda del sujeto cuando se le quita la historia que se cuenta? Tal vez una boca abierta. Tal vez un animal mirando el cielo eléctrico sin encontrar en él ninguna garantía.
Hay noches en que me observo dormir y parece que otro ocupa mi cuerpo. Respira por mí. Aprieta los dientes. Sueña con corredores interminables, habitaciones que se multiplican, puertas que conducen a la misma puerta. Despierto con la sensación de haber sido soñado por alguien que no conozco. Entonces comprendo que el inconsciente no vive debajo de nosotros como una bodega secreta, sino entre nosotros, en los gestos que heredamos, en las frases que repetimos, en aquello que deseamos precisamente porque otro lo nombró primero. El animal quiere devorar el mundo, pero el mundo ya le ha enseñado qué cosas merecen ser devoradas. Hasta el hambre viene subtitulada.
Por eso sigo avanzando, no hacia una verdad final sino hacia el ruido que queda cuando todas las verdades empiezan a fallar. Me atraen las grietas, los anuncios rotos, las ventanas encendidas a las tres de la mañana, esa arquitectura accidental donde la ciudad parece confesar que también está perdida. Hay belleza en el error eléctrico, en la interferencia, en la señal que se corta justo antes de revelar su secreto. Quizá vivir consista en soportar esa interferencia sin convertirla demasiado pronto en significado. Yo, mientras tanto, escucho mi sangre mezclarse con el zumbido de los transformadores, una síncopa mínima contra la maquinaria del mundo, y no sé si estoy despertando o simplemente aprendiendo a producir una versión más sofisticada de mi sueño.