Te respiraré en el humo
Te respiraré en el humo, porque ya no sé qué otra cosa hacer con tu ausencia. La dejaré subir desde el cenicero, lenta y sucia, como una plegaria que perdió su dios en mitad de la noche. La inhalaré hasta sentir que tus restos me arañan los pulmones, hasta que la garganta aprenda tu forma, hasta que respirar deje de ser una función del cuerpo y se convierta en una superstición: tomar aire para encontrarte, expulsarlo para perderte otra vez. Hay amores que se marchan por la puerta; el nuestro escogió una grieta más pequeña, se volvió humo y se metió en mí sin pedir permiso, que es la manera más eficiente que tiene el deseo de humillar cualquier noción de frontera.
No te imagino en una fotografía, porque las fotografías mienten con demasiada limpieza. Te imagino ardiendo. Una silueta detrás de una ventana, el cabello levantado por una corriente invisible, tus manos sosteniendo un objeto cualquiera como si todavía existiera un mundo donde las cosas pudieran ser solamente cosas. Pero aquí todo conspira. La mesa recuerda tus codos, la sábana recuerda tu espalda, el vaso conserva una sombra de tu boca, y el humo, ese animal sin esqueleto, atraviesa la habitación recogiendo lo que queda de nosotros. Lo más terrible no es que desaparezcas, sino que permanezcas transformada en pequeñas partículas que mi propio cuerpo se encarga de incorporar. Te pierdo de manera irreversible y, al mismo tiempo, te deposito más hondo.
Entonces comprendo la obscena economía del recuerdo: nada se conserva, todo se metaboliza. La memoria no guarda a los muertos, los digiere. Cada vez que intento pronunciar tu nombre, algo de ti cambia de órgano. Antes estabas en los ojos; después en las manos; ahora estás en los pulmones, mezclada con nicotina, polvo, sangre, esa química miserable que llamamos existencia. Tal vez amar consista en aceptar una invasión que jamás podrá demostrarse. Nadie verá la herida porque no tiene bordes. Nadie podrá señalar el lugar exacto donde terminas tú y comienzo yo. Somos una contaminación mutua, una frontera donde dos cuerpos firman un tratado utilizando únicamente saliva, sudor y silencio.
Fumo para encontrarte, pero el humo se ríe de mí porque sabe algo que yo todavía no quiero saber: no hay regreso. Cada espiral que asciende destruye su propio dibujo. Cada figura tarda un segundo en ser reconocible antes de convertirse en otra cosa. Así funciona también el yo. Me miro y encuentro una acumulación de versiones, nombres usados, deseos vencidos, pequeñas traiciones privadas, habitaciones donde fui otro sin dejar de llamarme con el mismo nombre. ¿Quién respira cuando te respiro? ¿El hombre que te amó, el que te inventó, el que te perdió o esa criatura sin biografía que simplemente necesita introducir algo en sus pulmones para no escuchar el vacío?
La última bocanada queda suspendida frente a mí como una escritura que nadie terminó. La habitación se vuelve gris. Ya no sé si el humo sale de mi boca o si entra desde afuera, si te estoy respirando o si eres tú quien me está consumiendo desde alguna región donde el lenguaje todavía no alcanza. Abro la ventana y la noche no responde. El humo escapa, pero algo permanece adherido a mis costillas, una respiración ajena que insiste en continuar cuando yo ya no quiero recordar. Respiro otra vez. Y en ese instante, sin rostro, sin nombre, sin promesa, vuelves a desaparecer dentro de mí.