Disidencias de un amor imposible


Nos amamos como dos países que comparten una frontera y han decretado ilegal el paso. Bastaba mirarnos para que el mundo adquiriera esa pequeña deformación que precede a las catástrofes: una cuchara parecía una luna oxidada, el reloj perdía autoridad, las ventanas se convertían en salidas falsas y la ciudad, tan segura de sus semáforos, sus contratos, sus nombres y sus muertos correctamente archivados, comenzaba a sospechar de sí misma. Éramos una anomalía administrativa del deseo, dos cuerpos fuera de protocolo, una grieta con pulso. Nunca tuvimos una historia completa porque la historia, pobre animal obediente, necesita fechas, fotografías, domingos, cepillos de dientes juntos. Nosotros teníamos otra cosa: interrupciones. Una mano retirándose antes del contacto. Un mensaje borrado. El eco de una respiración en un baño cualquiera. La furia de saber que cinco centímetros de distancia podían contener un universo entero y, al mismo tiempo, nada.

Yo quería llamarte amor, pero esa palabra llegaba siempre con uniforme de policía. Decía compromiso, futuro, permanencia, y detrás de cada sílaba escondía una pequeña oficina donde alguien examinaba nuestros rostros, nuestras obligaciones, nuestros miedos, preguntando quién había autorizado semejante incendio. Entonces inventamos otra gramática, una hecha de gestos clandestinos, silencios demasiado largos, encuentros que comenzaban cuando ya estaban terminando. El deseo, que no sabe leer contratos, se metía por debajo de las puertas. Nos encontraba dormidos, trabajando, fingiendo cordura. A veces pensaba que no te amaba a ti sino a la posibilidad de destruir, por una hora, la versión de mí que el mundo consideraba aceptable. Tú eras la fisura por donde escapaba ese animal sin nombre que llevaba años golpeando las paredes de mi pecho.

Pero toda rebelión contra la realidad contiene una trampa: también puede enamorarse de su propia imposibilidad. Empezamos a necesitar el obstáculo. La distancia dejó de ser enemigo y se volvió escenario; la ausencia adquirió la consistencia de una droga. Éramos más intensos cuando no estábamos juntos, porque lejos de ti podía fabricar cien versiones de tu rostro y ninguna tenía que soportar el peso insoportable de ser verdadera. Frente a mí, en cambio, estabas hecha de carne, cansancio, saliva, dudas, pequeñas torpezas. El amor abstracto era perfecto; tú no. Y ahí comenzó la verdadera guerra. Comprendí que quizá el imposible no era una condena exterior, sino una habitación interior que habíamos decorado con excusas para no descubrir qué ocurriría si algún día se abría la puerta.

Desde entonces camino por la ciudad como quien busca una dirección que ha sido borrada de todos los mapas. A veces creo verte en el reflejo de un bus, en una sombra detenida bajo la lluvia, en la pantalla negra de un celular después de una llamada que nunca hice. Entonces aparece esa vieja pregunta, desnuda y sin gramática: ¿qué queda de un amor cuando ya no puede cumplirse pero tampoco puede morir? No tengo respuesta. Sólo sé que ciertas noches la distancia respira. Se sienta a mi lado. Apoya su cabeza en mi hombro. Y por un instante, antes de que la madrugada vuelva a imponer sus fronteras, no sé si estoy recordándote o si es la ausencia la que, finalmente, ha aprendido a tener tu cuerpo.

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