Llegas tarde incluso cuando te quedas quieto


Llegas tarde incluso cuando te quedas quieto. Es una de esas frases que parecen una broma hasta que empiezan a perseguirte por la casa, por la calle, dentro del sueño, en ese territorio miserable donde uno descubre que también puede estar atrasado respecto de sí mismo. El reloj avanza con una cortesía mecánica, segundo, segundo, segundo, como si no supiera que cada movimiento suyo borra una versión del mundo. Tú permaneces inmóvil frente a la ventana y, sin embargo, ya estás llegando tarde a la luz de la tarde, a la sombra que hace cinco minutos ocupaba otro lugar, al pájaro que acaba de decidir que este árbol ya no le pertenece. Hasta la quietud tiene velocidad cuando existe un tiempo que no se detiene para contemplarla.

En la estación todos esperan. Qué ceremonia tan extraña, cientos de cuerpos fingiendo que esperar significa permanecer donde están, cuando en realidad cada minuto los transporta hacia otra edad. El tren no llega y, mientras no llega, nosotros llegamos a otra cosa: al cansancio, al aburrimiento, a una forma pequeña de desesperación. Luego aparece por fin, metálico, iluminado, lleno de desconocidos que vienen de lugares donde también estuvieron esperando por nosotros sin saberlo. Las puertas se abren y ya somos tarde para algo. No sabemos para qué. Tal vez para una versión de nosotros mismos que debía haber bajado en otra estación. Tal vez para una conversación que ocurrió ayer. Tal vez para una vida que solo existió durante tres segundos, cuando todavía era posible elegirla.

Tu sombra lo sabe mejor. Ella siempre llega antes que tú, entra primero en la habitación, cruza la pared, se estira sobre el suelo como una criatura que ha comprendido el truco. Tú la sigues con la obediencia mineral de los cuerpos. Qué humillación: pasar la vida detrás de una silueta que nació de la luz y que desaparecerá cuando la luz desaparezca. Quieres alcanzarla, pero ya se ha movido. Te detienes y ella continúa. Caminas y ella cambia de forma. La persigues hasta descubrir que no era una sombra sino una medida, una pequeña unidad de retraso adherida a tus zapatos.

Por la noche te sientas en una habitación donde nada ocurre y precisamente por eso ocurre todo. El vaso envejece sobre la mesa. El polvo encuentra nuevas superficies. Una bombilla consume lentamente su propia vida. Afuera, los automóviles transportan desconocidos hacia lugares que mañana serán recuerdos. Tú permaneces sentado, convencido de que no moverte es una forma de resistencia, pero el cuerpo sigue trabajando en secreto: las células mueren, otras nacen, la sangre circula, las uñas crecen, el rostro cambia mientras lo vigilas. Permanecer quieto no detiene nada. Apenas consigue que el desastre sea silencioso.

No llegas tarde a los lugares. Llegas tarde a ti mismo. Cada mañana encuentras el rostro que ayer todavía no conocías, cada noche abandonas un cuerpo que mañana tampoco reconocerás. El presente es esa habitación cuya puerta acabamos de cruzar cuando ya estamos escuchando cómo se cierra detrás de nosotros. Quizá por eso sigues esperando el instante correcto, como si el tiempo pudiera equivocarse alguna vez de dirección. Pero el reloj continúa. La estación vuelve a vaciarse. Tu sombra ya está lejos. Y tú, inmóvil en medio de todo, acabas de llegar tarde otra vez a ese segundo exacto en que todavía eras alguien distinto.