Escupimos el futuro por reflejo
Escupimos el futuro por reflejo, como si alguien nos hubiera puesto una moneda amarga debajo de la lengua y el cuerpo, más inteligente que nosotros, hubiera decidido expulsarla antes de saber cuánto valía. Nadie nos enseña a desconfiar del mañana, lo aprendemos mirando las manos de nuestros padres, viendo cómo tiemblan cuando hablan de lo que viene, escuchando ese pequeño ruido de puertas cerrándose dentro de las palabras. Decimos futuro y ya aparece una película de incendios, hospitales, aeropuertos, despedidas, balances, cuerpos envejecidos frente a ventanas demasiado limpias. Después nos reímos, brindamos, hacemos planes. Pero la boca sabe otra cosa. La boca siempre delata primero.
Frente al espejo ensayamos rostros que todavía no existen. Este será el hombre que triunfó, aquella será la mujer que se fue, este otro tendrá cicatrices y una casa donde nadie grite. Probamos gestos para acontecimientos que no han ocurrido, como actores desempleados frente a un teatro vacío. El espejo no devuelve el futuro, devuelve nuestra necesidad de domesticarlo. Por eso lo llenamos de predicciones, calendarios, dietas, contratos, promesas, pequeños talismanes administrativos contra el caos. Queremos convertir el porvenir en una habitación con planos aprobados. Y mientras dibujamos las paredes, la realidad entra por el techo.
En la esquina un semáforo cambia de color y todos obedecemos. Rojo: espera. Verde: avanza. Amarillo: duda antes de que otro decida por ti. Qué extraordinaria religión hemos construido alrededor de tres luces. Detenemos el cuerpo para sentir que controlamos el tiempo, avanzamos para creer que elegimos. Pero el automóvil que cruza frente a nosotros transporta un futuro desconocido, una colisión posible, un amor improbable, una noticia que todavía duerme en el bolsillo de alguien. Basta un segundo. Basta una distracción. Basta que una rueda pase cinco centímetros más allá de donde debía.
Dentro de nosotros corre un animal que escucha antes de comprender. No tiene lenguaje, tiene reflejos. Huele el miedo donde nosotros vemos estadísticas. Detecta la tormenta antes de que aparezca en el cielo y muerde cualquier mano que intente señalar hacia adelante. Le llamamos prudencia cuando acierta, paranoia cuando se equivoca. Le construimos oficinas, teorías, sistemas de seguridad, calendarios. Nada consigue expulsarlo. Porque el futuro no entra por la razón. Entra por el músculo. Contrae el estómago. Endurece la mandíbula. Seca la saliva. Hace que escupamos antes de saber qué hemos probado.
Y quizá ese sea el secreto miserable: no rechazamos el futuro porque sepamos lo que trae, sino porque ignoramos qué parte de nosotros tendrá que morir para recibirlo. Cada mañana escupimos una pequeña criatura imaginaria y luego caminamos detrás de ella. Cada decisión es una forma de asesinato contra cientos de vidas posibles. El porvenir llega mutilado por nuestras elecciones, pero también nuestras elecciones nacen mutiladas por miedo a ese mismo porvenir. Así avanzamos, expulsando con violencia lo que todavía no existe y llamándolo destino cuando finalmente aparece frente a nosotros, frío, irreconocible, con nuestra propia cara. Entonces lo miramos. Dudamos. Y tragamos.