Ensayo sobre la fatiga de ser alguien


Hay un cansancio que no viene del trabajo, ni de las noches mal dormidas, ni de cargar cajas, atravesar ciudades o responder mensajes que comienzan con “necesitamos hablar”. Es un cansancio más humillante: el de tener que ser alguien. No basta con existir. Hay que tener una personalidad reconocible, opiniones defendibles, fotografías que demuestren continuidad, recuerdos organizados, proyectos, gustos, heridas con buena dicción y hasta una manera coherente de decepcionar a los demás. El mundo contemporáneo no soporta a nadie sin argumento. Pregunta quién eres con la misma insistencia con que una máquina expendedora exige monedas. Y uno responde: soy esto, trabajo en aquello, pienso así, amo de esta manera. La frase sale limpia, presentable, pero debajo de ella se escucha el crujido de una persona sosteniendo durante años una estructura que nadie le preguntó si quería construir.

Ser alguien exige vigilancia. Hay que recordar lo que uno dijo para no contradecir al personaje que habló ayer. Hay que custodiar opiniones, fotografías, relaciones, pequeñas reputaciones domésticas. Incluso la intimidad ha sido convertida en archivo. El yo ya no descansa: se administra. Uno se contempla desde afuera, corrige la postura, edita la anécdota, elimina la contradicción, calcula el efecto de una frase antes de sentirla por completo. Qué agotamiento tan absurdo: vivir y al mismo tiempo hacer de notario de la propia existencia. Hasta el dolor debe ser auténtico de acuerdo con cierta estética. Hasta la tristeza parece obligada a demostrar profundidad.

Quizá por eso tantas personas sueñan, sin decirlo exactamente así, con no ser nadie durante unas horas. Caminar sin nombre por una ciudad donde nadie espere nada. Entrar en un autobús y no representar al hijo, al amante, al profesional, al fracasado, al brillante, al culpable, al cuerdo. Dormir sin biografía. Sentarse frente a una ventana y permitir que durante unos minutos no exista ningún personaje que defender. No se trata de desaparecer del mundo, sino de escapar del inspector que uno mismo lleva instalado en la cabeza, ese funcionario miserable que toma nota de cada gesto y pregunta si estamos siendo suficientemente nosotros mismos.

Lo curioso es que el yo, cuando intentamos despojarlo, vuelve a aparecer desnudo y orgulloso, convertido precisamente en aquello que queríamos abandonar. Hasta la rebelión puede transformarse en identidad. Hasta decir “no quiero ser nadie” fabrica otro uniforme. Somos animales condenados a producir una narración y luego agotados por tener que vivir dentro de ella. Tal vez el verdadero lujo no consista en descubrir quiénes somos, sino en soportar durante un instante que no lo sepamos. Hay una libertad mínima en no coincidir consigo mismo, en aceptar que una persona puede contradecirse sin convertirse por ello en impostora, que la identidad quizá no sea una casa sino una habitación de hotel donde dejamos la maleta abierta y nunca terminamos de deshacerla.

Al final del día, cuando el teléfono deja de iluminar la cara y la habitación recupera su oscuridad primitiva, queda el cuerpo. No el perfil, no el currículum, no el recuerdo cuidadosamente narrado, no la versión que otros conservan de nosotros, sino ese cuerpo cansado que respira sin presentar credenciales. Durante unos segundos nadie le exige ser especial. Y quizá ahí comienza una forma más profunda de existencia: no cuando finalmente descubrimos quiénes somos, sino cuando dejamos de exigirnos una respuesta cada vez que alguien, incluso nosotros mismos, pronuncia nuestro nombre.