Lejos del ayer
Lejos del ayer comienza una carretera que nadie construyó y que, sin embargo, conozco de memoria. Camino por ella como quien huye de una casa incendiada llevando en los bolsillos las llaves de una puerta que ya no existe. Atrás quedan las habitaciones donde fui feliz sin saberlo, las voces que entonces me parecían eternas, los cuerpos que confundí con destinos, las pequeñas ceremonias de la costumbre que un día dejaron de tener sentido y continuaron ocurriendo por pura inercia. El pasado tiene esa crueldad: no necesita perseguirte, le basta con permanecer quieto mientras tú envejeces delante de él. Yo avanzo, pero algo en mí sigue sentado en aquella silla, mirando una ventana donde todavía cae una lluvia que ocurrió hace años.
He aprendido que recordar no es volver. Volver sería demasiado sencillo. La memoria hace algo más perverso: reconstruye la escena mientras modifica las paredes, cambia el rostro de los muertos, inventa palabras que nadie pronunció y coloca una luz distinta sobre aquello que alguna vez llamamos verdad. Una fotografía no conserva el pasado, conserva nuestra necesidad de creer que fuimos alguien. La miro y encuentro un desconocido con mi rostro, una criatura que todavía no sabe cuánto perderá, cuánto mentirá para sobrevivir, cuántas veces tendrá que abandonar una versión de sí misma antes de comprender que ninguna versión era definitiva. Entonces rompo la fotografía. No para olvidar, sino para impedir que ese rostro vuelva a exigirme obediencia.
Hay una estación abandonada en algún lugar de mi cabeza. Los buses llegan sin pasajeros y se marchan llenos de nombres. Allí están las tardes que no aproveché, las conversaciones que debí terminar, las manos que solté demasiado pronto, los silencios que confundí con paz. Todo permanece bajo una capa de polvo, pero nada está realmente inmóvil. Basta una palabra, una canción lejana, el olor de una calle mojada, y de pronto la estación vuelve a encender sus luces como si el tiempo fuera un animal amaestrado que pudiera obedecer una señal. Pero no subo al tren. Lo dejo pasar. Escucho cómo se aleja, cómo sus ruedas disminuyen hasta convertirse en un ruido casi imperceptible, y comprendo que quizá crecer consiste en aprender a no perseguir aquello que todavía sabe pronunciar nuestro nombre.
Más lejos, el ayer se convierte en paisaje. Ya no duele como una herida abierta; duele como una ciudad vista desde la ventanilla de un automóvil. Reconozco sus edificios, sus avenidas, las esquinas donde alguna vez creí que la vida comenzaba, pero la distancia ha introducido una extraña justicia en las proporciones. Lo que parecía absoluto ahora cabe en un horizonte. Lo que parecía destino adquiere el tamaño de una anécdota. No porque haya dejado de importar, sino porque ha perdido su derecho a explicarlo todo. Quizá el tiempo no cura nada. Quizá solamente redistribuye el peso de las cosas hasta que podemos volver a caminar sin inclinarnos hacia el lugar donde ocurrió la pérdida.
Sigo avanzando. No hay revelación esperándome al final de la carretera, ningún futuro dispuesto a justificar retrospectivamente mis ruinas. Hay solamente este cuerpo que continúa, estos zapatos golpeando el asfalto, esta respiración que no necesita recordar para suceder. Detrás de mí, las luces del ayer se vuelven pequeñas, después puntos, después nada que pueda distinguirse de las estrellas. Y por primera vez no siento que haya vencido al pasado. Simplemente ha dejado de caminar a mi lado. Entonces sigo, lejos, cada vez más lejos, hacia una región sin fotografías donde todavía no tengo nombre y donde el silencio, por fin, no me recuerda quién fui.