Muévete detrás de mis ojos


Muévete detrás de mis ojos, no como quien entra en una casa sino como quien viola un espejo buscando al muerto que lo habita. Allí no encontrarás una habitación secreta ni un pequeño rey sentado frente a un escritorio interior, sino pasillos húmedos donde la memoria cambia de nombre cuando la tocan, insectos de luz golpeando una bombilla, un niño que todavía cree que mirar significa poseer lo mirado. Detrás de mis ojos empieza la ciudad verdadera, esa ciudad que no figura en los mapas porque sus calles se construyen con sospechas, cicatrices, anuncios rotos, bocas que pronuncian mi nombre sin saber a quién llaman. Muévete despacio, pero no demasiado: la lentitud también es una trampa del yo.

Cada imagen que atraviesas deja una costra sobre otra imagen, y entonces comprendes la obscenidad de la mirada: para ver algo tienes que sacrificarlo. La taza frente a mí no existe cuando la miro, existe la idea de la taza, su geometría doméstica, su pequeña religión de porcelana; la mujer que amé tampoco existe cuando recuerdo sus ojos, porque el recuerdo le roba el cuerpo y me devuelve una sentencia. Quizá por eso la conciencia se parece menos a una ventana que a una aduana corrupta: todo entra, todo sale, nada conserva su forma original. El deseo es el policía sin uniforme. El lenguaje, la mercancía clandestina. Yo, mientras tanto, sigo vendiéndome la ilusión de ser propietario de mis pupilas.

Más adentro aparece el animal que no firma mis actos. Respira debajo de las palabras, mueve los muebles, apaga la lámpara justo cuando creo haber entendido algo. Le llamo yo para poder interrogarlo, pero responde con un ruido anterior al nombre, una garganta que sueña mientras mi voluntad levanta actas. Allí la identidad no es una estatua sino una negociación ruinosa entre hambre, miedo, costumbre y deseo, un contrato redactado por varias manos que después se acusan mutuamente de falsificación. La ciudad entra por la retina como humo, el humo entra en la sangre, la sangre inventa una historia y la historia retrocede hasta convertirse en una mancha. Tal vez pensar sea esto: seguir una mancha hasta descubrir que la mancha te estaba siguiendo.

Muévete detrás de mis ojos y verás cómo el mundo se parte en dos cada vez que digo “yo”. Un yo que observa y otro que observa al que observa, y otro que sospecha que todos son disfraces del mismo vacío, pero incluso el vacío necesita una máscara para presentarse a tiempo. Aquí la libertad parece una puerta abierta en un edificio que no tiene paredes; la rebelión, un fósforo encendido dentro de una fábrica abandonada; la verdad, una palabra que envejece de pie mientras las cosas siguen cambiando de sitio. No hay centro, apenas una rotación febril alrededor de una ausencia. Y, sin embargo, algo insiste: una voz, una pulsación, una mano contra el vidrio, como si la carne supiera antes que la mente que toda frontera es una superstición con vigilancia privada.

Ahora estás detrás de mis ojos. Ya no sé si llegaste tú o si fabriqué una criatura para explicar el hueco. Tus pasos suenan dentro de mi cabeza con una música irregular, cinco, cuatro, siete, ninguna cuenta exacta, y cada compás desmonta una habitación. La pupila se abre como una herida que aprende arquitectura. La noche entra. Yo miro hacia afuera y encuentro tu mirada esperándome desde adentro, absurda, íntima, extranjera. Entonces entiendo que quizá mirar no sea ver el mundo, sino fabricar un testigo para no quedar solo frente a su silencio; pero justo cuando esa idea intenta cerrar el círculo, tus dedos apagan mis ojos y el círculo, sin centro y sin borde, continúa girando en la oscuridad.