Rompe mis huesos para verlos sanar
Rompe mis huesos para verlos sanar, no porque quiera el dolor sino porque sospecho de todo lo que permanece intacto, de las columnas blancas que sostienen esta arquitectura absurda donde me escondo y luego me llamo por mi propio nombre como si eso resolviera algo. Rompe la forma, abre la casa, deja que el cuerpo confiese sus vigas secretas, sus pequeñas cárceles de calcio, ese idioma mineral que trabaja en silencio mientras yo me paso la vida hablando demasiado. Quiero escuchar el crujido de aquello que creía eterno. Quiero ver cómo una estructura destinada a sostenerme descubre que también puede convertirse en ruina.
Hay una pedagogía brutal en la fractura: de pronto cada movimiento adquiere un significado que antes parecía insignificante, levantar una mano es una ceremonia, respirar es negociar con el peso, dormir es confiarle la carne a una superficie que podría traicionarla. El dolor vuelve obscenamente precisas las dimensiones del cuerpo. Ya no existe la abstracción del “yo”, existe una tibia, una costilla, una clavícula, una vértebra que protesta bajo la piel como un animal encerrado. La conciencia deja de ser una nube filosófica y cae al suelo, sudando. Qué ironía tan miserable: necesitamos quebrarnos para recordar que alguna vez estuvimos hechos de materia.
Después llega el tiempo con su trabajo de albañil ciego. No pregunta quién eras antes del golpe, no negocia con tus recuerdos, no distingue entre culpa y accidente. Coloca tejido sobre tejido, paciencia sobre paciencia, endurece el lugar de la herida y fabrica una continuidad provisional. Pero sanar no significa regresar. El hueso nuevo conserva la noticia del desastre. Crece alrededor de la fractura una pequeña montaña, una protuberancia casi invisible que dice: aquí ocurrió algo que el cuerpo no supo olvidar. Todo lo que se repara adquiere una caligrafía diferente. También el alma, si esa palabra todavía sirve para nombrar algo que no podemos radiografiar.
Por eso temo las curaciones perfectas. Sospecho de las cicatrices que desaparecen, de las historias demasiado limpias, de quienes reconstruyen su vida como si el pasado hubiera sido una habitación que simplemente se puede pintar. Yo prefiero esta torcedura, esta pequeña desviación del eje, este modo extraño de sostenerme después de haber conocido la posibilidad de caer. Quizá existir consista en desarrollar una relación clandestina con nuestras propias grietas, aprender que la identidad no es una estatua sino un edificio que modifica sus planos cada vez que el mundo entra con un martillo.
Y cuando finalmente el hueso cierra su secreto, cuando la materia vuelve a soldarse sin borrar la evidencia de haber sido separada, comprendo que nunca quise verme sano. Quise verme transformado. Quise descubrir qué quedaba de mí después de que la forma se volviera insuficiente, después de que el cuerpo dejara de ser una casa obediente y empezara a comportarse como un territorio en rebelión. Tócame ahora. No para comprobar si estoy entero, sino para encontrar dónde termina la antigua fractura y comienza este nuevo desconocido que camina dentro de mí con mis piernas, lleva mi nombre y, sin embargo, ya no sabe obedecerlo.