El dinero es el nombre del juego


El dinero es el nombre del juego y nadie recuerda quién inventó las reglas porque las reglas ya estaban respirando dentro de nosotros cuando aprendimos a pronunciar la palabra mío. Un billete entra en la mano y de pronto la mano deja de ser mano: se vuelve frontera, aduana, pequeña maquinaria de obediencia; cuenta, compara, calcula, sospecha. Una mujer besa a un hombre y en algún lugar invisible una cifra se mueve, un alquiler vence, una deuda abre los ojos, una hora de trabajo reclama su pedazo de carne. Entonces descubrimos la obscenidad perfecta: hemos conseguido ponerle precio incluso a lo que jurábamos llamar deseo, afecto, talento, tiempo, dignidad, como si el corazón pudiera pasar por caja registradora sin emitir un sonido de protesta.

La ciudad conoce este secreto. Lo mastica de madrugada entre luces blancas, cajeros automáticos, supermercados abiertos, oficinas donde todavía sudan personas encerradas frente a una pantalla azul. Cada ventana iluminada parece una confesión económica. Cada ascensor que sube es una pequeña oración vertical. Cada tarjeta que entra en una ranura produce el sonido de una civilización pidiendo permiso para existir. El dinero no circula: nosotros circulamos alrededor de él, como planetas condenados a llamar gravedad a la costumbre. Decimos trabajo cuando quizá queremos decir supervivencia. Decimos progreso cuando quizá queremos decir una deuda más elegante. Decimos libertad mientras revisamos el saldo.

Hay algo casi religioso en ese número que aparece en la pantalla. Un número y, sin embargo, hambre. Un número y, sin embargo, una casa. Un número y, sin embargo, una noche de sexo, una cirugía, un viaje, una infancia que puede estudiar o una infancia que aprende demasiado pronto el precio de las cosas. Qué extraño dios éste que no exige incienso sino contraseñas, que no pide sacrificios de sangre sino horas. Le entregamos los lunes, los martes, los cuerpos jóvenes, las espaldas, los ojos secos, las conversaciones aplazadas, el miedo a enfermar, la paciencia, la imaginación. Después nos devuelve objetos. Qué intercambio tan magnífico: entregar vida y recibir cosas.

Pero el dinero no sólo compra objetos. Compra relatos. Compra la fantasía de que todo tiene equivalencia, de que una cifra puede traducir una existencia, de que el fracaso cabe en una cuenta bancaria y el éxito también. Por eso duele tanto perderlo: no perdemos únicamente poder de compra, perdemos la ficción de nuestro propio valor. El sujeto moderno camina con una factura pegada al pecho y todavía cree que esa factura es un espejo. Quizá por eso la pobreza humilla de una manera tan feroz: porque no sólo reduce las posibilidades materiales, también amenaza el lenguaje con el que alguien ha aprendido a nombrarse.

Y entretanto las monedas duermen en los bolsillos, tibias, sudadas, tocadas por desconocidos, pequeños planetas de metal atravesando manos, bolsos, bares, funerales, estaciones. Una moneda pasa de un cuerpo a otro y ninguno de esos cuerpos pregunta quién fue feliz, quién mintió, quién lloró detrás de una puerta, quién deseó desaparecer. Sólo pasa. Sólo continúa. Como nosotros. Como una frase sin autor, como una deuda heredada, como una máquina encendida en una habitación vacía. Al final queda la mesa, las manos, el recibo doblado y ese número todavía brillando en la oscuridad, indiferente a la pregunta más antigua: cuánto de nuestra vida tuvo que ser vendido para poder seguir jugando.

Entradas populares