Alma Violetha
Alma Violetha, llegaste con ese escándalo mínimo de la existencia que consiste en respirar por primera vez y, con una sola respiración, alterar para siempre la arquitectura de una casa. Antes de ti yo creía que el futuro era una palabra situada delante de nosotros, una región del calendario donde podían esconderse las cosas que todavía no ocurrían. Entonces te vi, diminuta, tibia, absurda de tan real, y el futuro dejó de ser una abstracción: tenía piel, tenía cabello, tenía un nombre que yo pronunciaba en voz baja mientras la madrugada entraba por la ventana como una luz indecisa. Comprendí que el tiempo no siempre avanza. A veces cae sobre nosotros. A veces nace.
Te miro y pienso en todas las certezas con que los adultos construimos nuestros pequeños edificios mentales para no admitir que vivimos sobre una grieta. Decimos mundo, destino, seguridad, como si las palabras fueran ladrillos y no apenas sonidos lanzados contra la intemperie. Yo no sé qué te espera. No sé qué formas tendrá la alegría ni qué rostro tendrán tus pérdidas, qué ciudades caminarás, qué puertas cerrarás, qué nombres amarás hasta aprender que amar también puede significar despedirse. Y quizá mi tarea no consista en inventarte un mundo sin heridas, sino en no mentirte acerca de ellas. Hay una crueldad particular en querer salvar a alguien de la vida: para lograrlo habría que salvarlo también de su libertad.
Tus manos me han enseñado esa paradoja. Quieren sostener y todavía no saben hacerlo; descansan abiertas sobre la sábana, minúsculas, como si incluso dormida tuvieras ya una conversación con el porvenir. Yo quisiera cerrarlas entre las mías, conservar intacto este instante, detener el deterioro, congelar la carne, la luz, la respiración, este olor limpio de ropa recién lavada, este silencio de la casa donde cada objeto parece contener el secreto de que todo pasa. Pero las manos que aprietan demasiado terminan convirtiendo el amor en una forma doméstica de prisión. Protegerte no podrá significar conservarte. Tendrá que significar acompañarte mientras te conviertes en alguien que no puedo prever.
Por eso tu nombre tampoco me pertenece. Alma, porque hay en ti algo que excede aquello que puedo abrazar. Violetha, porque incluso antes de comprender el mundo ya introduces en él una tonalidad que yo no sabría defender ni explicar. Algún día podrás cambiar la manera en que lo dices, acortarlo, negarlo, reinventarlo, convertirlo en otra cosa. Harás lo mismo con muchas de las palabras que hoy parecen definitivas. Y estará bien. Una hija no es la continuación de un padre. Es una interrupción. Una fisura por donde entra una vida que no puede ser propiedad de nadie.
Eso me aterra. No tu fragilidad, sino la mía frente a ella. Descubro que el miedo también puede disfrazarse de cuidado, que a veces llamamos advertencia a nuestra ansiedad y protección a nuestro deseo de controlar. Tendré que aprender a distinguirlos. No viniste a reparar mi pasado, ni a cumplir mis sueños, ni a cargar las ruinas que yo no supe recoger. No naciste para justificarme. Naciste antes que cualquier explicación que yo pudiera inventar sobre ti. Ese hecho sencillo contiene una violencia hermosa: tendrás derecho a ser distinta de todo lo que yo imagine.
Tal vez ese sea el verdadero aprendizaje de la paternidad: aceptar que el círculo de los brazos es apenas el dibujo inicial de una geometría que después tendrá que abrirse. Primero la cuna, luego la habitación, después la ventana, la calle, la ciudad, el horizonte. Primero sostener. Después soltar. No como abandono, sino como reconocimiento de que nadie puede acompañar a otro hasta el final de su existencia sin traicionar su condición de ser distinto. Yo podré caminar cerca. No podré caminar dentro de ti.
Ahora duermes. La casa guarda un silencio casi animal. Desde lejos llega la lluvia, un automóvil, alguna tubería que tiembla detrás del muro. Tú respiras. Sólo eso. Subes y bajas como una pregunta que no necesita lenguaje. Te miro y comprendo, con una lucidez que duele, que no puedo detener el tiempo, ni clausurar el mundo, ni salvarte de todo aquello que un día tendrás que vivir. Puedo permanecer aquí mientras pasa. Puedo escucharte respirar mientras la noche avanza. Y por un instante, apenas por un instante, mis manos dejan de querer retener.