Quema mi nombre
Nadie usa mi nombre dos veces de la misma forma, pero el error no está en ellos. Está en la repetición. Cada vez que aparece, pierde algo que no sabría nombrar sin traicionarlo. Antes creía que el desgaste venía del exceso. Ahora sospecho lo contrario: es la precisión lo que lo destruye. Cuanto más exacto es, menos me señala.
Encontré el archivo en una carpeta que no existe cuando la busco directamente. Solo aparece después de cerrar algo importante. Se titula igual que esto, pero con una letra cambiada que nunca logro recordar. La fecha es de mañana. No del mañana que viene, sino de uno que ya ocurrió sin mí. Lo abrí por aburrimiento. O eso decidí pensar.
El texto no describe este momento. Lo sustituye. Cada frase desplaza lo que acabo de vivir y lo reemplaza por una versión más estable, menos dudosa. Intenté leer en voz alta, pero mi voz llegó después de las palabras, como si estuviera doblando una escena ya fijada. Cerré el archivo. Lo volví a abrir. Había añadido una línea: “La voz no corrige, acompaña el error”.
No insiste. Se corrige.
Hay una regla, pero no es la que creí. El archivo no registra todo. Borra con método. Lo irrelevante se conserva; lo necesario desaparece sin dejar rastro. Lo noté cuando quise recordar el primer momento en que mi nombre me resultó ajeno. No está. En su lugar hay una escena menor: una etiqueta torcida en una botella, mi nombre mal impreso, una letra que sobra. Esa escena se repite en distintas variaciones, como si fuera el origen. Sé que no lo es. O lo fue después.
Dentro del archivo hay otro texto. No está separado, pero se siente distinto, como si alguien hubiera escrito con la mano que no usa. Las frases se cortan antes de tiempo, se corrigen a sí mismas, fallan en el mismo punto. Dice: “El nombre no identifica. Ordena la pérdida”. Luego lo corrige: “El nombre pierde lo que ordena”. Después elimina ambas frases y deja un espacio en blanco que ocupa más que el resto.
No debería decir esto, pero hay momentos en que deseo desaparecer en esa lógica. No como huida, sino como ajuste. Ser lo que queda cuando el nombre deja de funcionar. Lo pensé ayer, cuando alguien me llamó desde otra mesa. Respondí. No era para mí. No corregí. Durante unos segundos, el nombre no tuvo dueño y tampoco lo necesitó. Sentí un alivio leve, casi físico, como cuando deja de doler algo que no sabías que dolía.
El archivo lo registró, pero cambió un detalle: en su versión, yo no respondí. La voz se quedó sin destino y eso fue suficiente. Intenté recordar si realmente me moví. No pude fijarlo. La escena se deshace cuando intento tocarla.
Probé alterar el texto. Introduje un error grosero, una palabra fuera de lugar, una frase que no encaja. No la corrigió. La dejó ahí, pero desplazó todo lo demás para que pareciera necesaria. Ese fue el primer momento en que sentí algo parecido a miedo. No por el archivo, sino por la facilidad con la que acepta lo que debería romperlo.
No debería haber hecho eso.
Hoy escribí mi nombre en un papel. No como símbolo, sino como prueba. La tinta se hundió un poco en la fibra, dejó un relieve mínimo. Acerqué el papel al fuego. Tardó más de lo que esperaba. Durante unos segundos, la palabra se sostuvo intacta, rodeada por un borde oscuro que avanzaba sin tocarla. Luego cedió por una esquina, no por el centro. Se curvó. Se resistió.
No pasó nada. Eso es lo inquietante.
Cuando la ceniza quedó en la mesa, conservaba la forma del papel. Soplé. No se deshizo del todo. Quedó una estructura frágil, como si la palabra aún organizara lo que ya no estaba. La toqué. Se rompió en partes desiguales. Una de ellas conservaba una letra incompleta. No supe cuál.
El archivo no se abrió. En su lugar encontré frases sueltas en lugares que no reviso: en un recibo, en la pantalla antes de encenderse, en una conversación que no me incluía. No coinciden entre sí. No necesitan hacerlo. Una dice: “El nombre arde por los bordes”. Otra: “El centro no participa”. Ninguna se repite igual.
Desde entonces, cuando alguien pronuncia mi nombre, ocurre un desfase mínimo. A veces llega antes de mí. A veces no llega. En ocasiones se adhiere a otra cosa con una precisión que no admite corrección. No intervengo. Tampoco observo con distancia. Estoy implicado de una forma que no puedo describir sin fijarla, y fijarla sería perderla.
Anoche intenté escribir mi nombre sin mirarlo. Lo hice varias veces. Ninguno coincidía con el anterior. Los dejé sobre la mesa. Al volver, uno de ellos no estaba. No el último. Otro. No recuerdo cuál.
No es importante.
Hay una lógica que se reescribe sin pedir permiso. No integra todo. Deja restos. A veces creo reconocerme en ellos. Otras veces son demasiado exactos.
El archivo no volvió, pero algo lo reemplaza con menos paciencia. No corrige. Desplaza. No guarda. Omite. Funciona mejor así.
Una frase insiste, aunque cambia cada vez: el nombre no se quema, aprende a no estar. La leí esta mañana en un vidrio empañado que no estaba húmedo. Intenté borrarla. No estaba escrita. Eso no la hizo desaparecer.