Nací porque alguien no tuvo suficiente fuerza para matarme


La pulsera de hospital cabe en la palma de la mano. Plástico amarillento. Bordes endurecidos. Letras casi borradas por el roce de los años. A veces la observo y pienso que toda identidad debería terminar así: convertida en un fragmento de material fatigado cuya información ya no puede verificarse. Allí figura una hora. Allí figura una fecha. Allí figura un nombre. Los formularios aman la precisión. La fabricación en serie depende de ella. Sin embargo, basta una mano cansada, un procedimiento interrumpido, una decisión que tarda un segundo más de lo debido, para que toda esa exactitud se convierta en una comedia administrativa.

Nací porque algo no terminó cuando debía terminar. No sé si hubo intención, miedo, descuido o simple agotamiento. Tampoco importa. Lo único verificable es el resultado. La pieza salió de la línea de ensamblaje. Pasó el control mínimo. Fue etiquetada. Registrada. Archivada. Desde entonces cargo conmigo una sospecha desagradable: no soy una presencia, soy un resto de fabricación que nadie retiró a tiempo.

Durante años intenté pensar aquello como una historia. Error. Las historias producen sentido. Esto produce fricción. Hay mañanas en que las articulaciones despiertan con un leve retraso, como si las órdenes llegaran desde una central defectuosa. Los dedos obedecen. Un instante después. La mandíbula encaja. Un instante después. La respiración entra con un pequeño ruido que nadie escucha. Yo sí. Siempre lo escucho. Las máquinas conocen sus propios ruidos.

He observado a otros hablar de sus orígenes con una confianza admirable. Padres. Hogares. Fotografías. Árboles genealógicos. Documentos enmarcados. Les basta una narración estable para sostenerse. Yo solo tengo una demora. Una vacilación convertida en estructura. Un procedimiento inconcluso que continúa ejecutándose dentro de los tejidos como un programa que nadie canceló correctamente.

La piel también participa. A veces se abre donde no debería. Pequeñas grietas. Pequeños cortes. Nada dramático. Nada digno de una tragedia. Apenas señales técnicas. Recordatorios discretos de que ciertos materiales nunca terminaron de sellarse. Los médicos llaman a estas cosas predisposiciones, respuestas inflamatorias, procesos biológicos. Los médicos reciben un salario por traducir averías en vocabulario aceptable.

Conservo la pulsera porque necesito pruebas. No pruebas del nacimiento. Pruebas del defecto. Suena ridículo. Lo sé. También hay personas que almacenan tornillos corroídos en cajas durante décadas porque están convencidas de que algún día volverán a necesitarlos. Yo hago algo parecido. Examino el plástico. Examino los números. Examino la superficie gastada. Como si en algún punto fuera a descubrir la parte exacta que quedó adherida a la fabricación.

Durante un tiempo creí que escribir resolvería algo. Otra superstición. Las palabras no reparan. Catalogan. Etiquetan. Apilan. Son una forma particularmente sofisticada de almacenamiento. Cada frase que escribo añade una nueva capa de embalaje alrededor de la misma mercancía defectuosa. La avería permanece intacta. Cambia el envoltorio.

Con los años empecé a sospechar algo peor. Tal vez no haya excepción alguna. Tal vez la fábrica produce así. Tal vez ninguna pieza sale completa. Algunas ocultan mejor la grieta. Algunas reciben mejor pintura. Algunas aprenden a no mirar demasiado cerca sus propias soldaduras. Eso es todo. La diferencia no está en el defecto. La diferencia está en la habilidad para administrarlo.
Control de calidad.

La pulsera vuelve a mis manos ciertas noches. El plástico cruje ligeramente entre los dedos. Escucho ese sonido. Después escucho la respiración. Después los tendones. Después el pequeño retraso que sigue atravesando cada movimiento como una herramienta olvidada dentro de una máquina ya ensamblada. No pienso en la muerte. No pienso en el pasado. Pienso en procedimientos. En correcciones aplazadas. En trabajos abandonados a mitad de ejecución. Y por momentos tengo la impresión de que algo continúa operando debajo de la piel, utilizando instrumentos cada vez más gastados, acercándose despacio a la costura que nunca terminó de cerrar, como si todavía intentara completar aquello que quedó suspendido.

Entradas populares