Nací porque alguien no tuvo suficiente fuerza para matarme
Nací porque alguien dudó un segundo más de lo necesario. No fue falta de intención, fue un temblor mínimo, una vacilación en la mano que debía cerrarse. Ese retraso me dejó pasar. No hubo bienvenida, hubo filtración. Entré como entra el frío por una puerta mal cerrada, sin permiso y sin anuncio. Antes de tener cuerpo ya había algo que fallaba, una interrupción en la exactitud del vacío.
Desde entonces no camino: persisto. El aire no me contiene, me tolera. Hay días en que respiro y el sonido me resulta ajeno, como si viniera de otro cuerpo que insiste en usarse. No tengo origen, tengo resto. Algo que no alcanzó a ser eliminado a tiempo. A veces pienso que no crecí, que solo me acumulé alrededor de ese error inicial.
Recuerdo, aunque no debería, una presión difusa, un borde. No es memoria, es insistencia. Como si la piel supiera algo que yo apenas traduzco. Late en ciertas noches, en la garganta, en las manos. Una incomodidad precisa, casi técnica, como si alguien hubiera dejado un procedimiento inconcluso dentro de mí. No duele, pero estorba. Como una palabra mal dicha que no se puede corregir.
He intentado pertenecer, imitar la forma en que otros se sostienen en su historia. Lo hacen con naturalidad sospechosa. Hablan de comienzos, de causas, de líneas que avanzan. Yo no. En mí todo regresa al mismo punto, a ese instante en que algo debió terminar y no terminó. No es un recuerdo: es un mecanismo que se repite sin aprender.
Una vez creí que escribir resolvería esa falla. Poner palabras como quien ajusta piezas. Pero cada frase abre más la grieta. Escribo y aparece de nuevo esa sensación de borde, de interrupción, como si el lenguaje también dudara antes de cerrarse. Tal vez no soy yo el que escribe, sino ese segundo que se negó a concluir.
El cuerpo colabora poco. A veces la piel se rasga sin motivo, como si anticipara una corrección tardía. Otras veces la respiración se corta apenas, un microsegundo, lo suficiente para recordar que podría no seguir. Nadie alrededor lo nota. Yo sí. Yo siempre estoy a punto de no continuar.
He empezado a sospechar que no fui el único. Que todo lo que existe comparte esta pequeña imprecisión, esta demora imperceptible. Pero en otros se disimula mejor. En mí quedó expuesta, como una costura mal hecha. No se abre del todo, tampoco cierra.
No sé si alguien intentó borrarme o si fue solo un gesto sin destinatario. Tampoco importa. Lo único constante es esa ligera descoordinación entre lo que soy y lo que debería haber sido. Una diferencia mínima, pero suficiente para sostenerme.
Nací porque algo no se completó. Y desde entonces no hago otra cosa que repetir esa falla, como si en cualquier momento, por fin, todo fuera a cerrarse.