Rompe mis huesos para verlos sanar


La primera vez que pedí que me rompieran los huesos no fue por dolor sino por sospecha: quería comprobar si el cuerpo recordaba mejor que yo. El médico no preguntó nada; apoyó la radiografía contra la luz y dijo que los huesos sanan obedeciendo una geometría antigua, una ley silenciosa que no depende de la voluntad, y añadió que estaba progresando, como si ya conociera el resultado. Guardé la placa en el cajón del paciente anterior. No sabía quién era. Tampoco pregunté. En la imagen apareció una línea que no recordaba haber visto antes. Era delgada, oblicua, como si el hueso intentara corregirse hacia un lugar donde nunca había estado. Pedí que lo hiciera otra vez.

El primer hueso fue el radio izquierdo. O tal vez no fue el primero. Lo escuché quebrarse antes de sentirlo: un sonido breve, vegetal, como una rama pequeña bajo un pie distraído. No grité. Observé el desplazamiento mínimo de la piel, el temblor involuntario que recorrió el brazo hasta la clavícula, el olor seco del yeso endureciéndose alrededor del pulso. Dormí con el brazo apoyado sobre el pecho como si protegiera un animal pequeño. Cuando revelaron la nueva radiografía la línea anterior había cambiado de lugar. No era una fractura reciente. Parecía más antigua que mi propio brazo. Volví al consultorio. El pasillo tenía el mismo olor a metal húmedo, la misma ventana mostraba siempre la misma tarde detenida detrás del vidrio. El médico dijo mi nombre con una familiaridad que no recordaba haberle concedido. Mientras acomodaba la pierna para la siguiente fractura pensé en el paciente anterior. Tal vez él también había regresado varias veces antes de entender lo que estaba corrigiéndose.

La segunda radiografía apareció dentro del cajón antes de que me la entregaran. No me sorprendió. La tibia mostraba una sombra fina que no correspondía a la fractura recién hecha sino a otra más antigua, desplazada apenas unos milímetros hacia adentro. Caminé durante días escuchando el interior de mi cuerpo como quien apoya el oído contra una pared ajena. Esperaba el sonido. Finalmente sentí una grieta breve, casi tímida, en algún lugar entre el esternón y el recuerdo de una palabra que nunca pronuncié. No hubo yeso para eso. Solo silencio. Cuando miré la radiografía siguiente entendí que la sombra no señalaba una herida sino una dirección. Cada fractura reorganizaba las anteriores. No estaban sanando: estaban corrigiéndose.

Empecé a revisar las placas del paciente anterior. No estaban fechadas, pero reconocí en ellas posiciones que todavía no había adoptado. Algunas coincidían con mis huesos actuales. Otras parecían anticiparlos. Durante varios días pensé que el paciente anterior había dejado esas radiografías para guiarme. Después comprendí que tal vez yo mismo las estaba dejando allí para que él pudiera encontrarlas antes de llegar a este punto. Intenté no volver. Cerré el cajón. Esa noche escuché un crujido leve dentro del cuello, como si la resistencia también estuviera prevista.

Hoy abrí la última radiografía. No mostraba el esqueleto completo sino un espacio vacío en la imagen, una interrupción limpia donde debería haber estado uno de mis huesos. En el borde inferior alguien había escrito: falta uno. Observé la placa contra la luz durante un tiempo que no puedo medir. Parecía intacto, salvo por algo que la radiografía no mostraba. Respiré con cuidado. Sentí que algo se acomodaba lentamente en su sitio, como si hubiera estado desplazado desde siempre. Guardé la imagen otra vez en el cajón del paciente anterior. No sé si él ya la encontró. Sé únicamente que alguien siempre se queda para continuar el procedimiento, y todavía no sé si ese hueso faltante está dentro de mí o si es el lugar desde donde la próxima radiografía va a mirarme.

Entradas populares