Alma Violetha
(A mi hija)
Escribo esto ahora porque sospecho que después voy a olvidar lo que significa mirarte. No olvidar tu nombre. Eso no. El nombre insiste solo. Lo que temo perder es esta pausa. Desde que llegaste el mundo no se calló exactamente, aunque quise creerlo. Tal vez fui yo el que dejó de obedecerle. Algo dejó de correr. Algo dejó de urgirme. Camino más despacio desde entonces, como si avanzar demasiado pudiera sacarme de tu tiempo. No estoy seguro de haber llegado a tiempo al comienzo de tu vida. A veces pienso que entré tarde y que tú ya sabías quién era antes de verme.
Repito tu nombre por dentro, Alma Violetha, no para protegerte sino para orientarme. El nombre no te contiene. No alcanza. Pero ordena algo en mí que antes estaba disperso. No sé si lo elegí o si estaba esperándome. A veces sospecho que lo escuché antes de que existieras y que lo olvidé como se olvidan los sueños que luego regresan disfrazados de decisiones.
No estabas en mis planes. Mis planes eran velocidad, ruido, una libertad que confundía movimiento con sentido. Vivía como si no pertenecer fuera una forma de inteligencia. Después llegaste y el centro se desplazó sin ruido. Dejé de ser el eje. No sentí pérdida. Sentí alivio. Como si alguien hubiera retirado una carga que llevaba desde antes de saber que existía. Tampoco estaba yo en mis planes. Eso lo entendí después.
Me repito que no viniste a completarme. Me lo digo con cuidado porque sé lo fácil que es usar a alguien como explicación. No quiero convertirte en respuesta. No quiero convertirte en excusa. Y sin embargo algo se reorganiza desde que respiras cerca. Tu respiración tibia cambia el tamaño de las cosas. No mejora el mundo. Lo interrumpe. Esta pausa no lo corrige. Lo suspende apenas. Pero esa suspensión alcanza para que yo permanezca.
A veces me miras como si ya supieras algo que yo todavía no entiendo. No es una mirada que pregunte. Tampoco exige. Solo está. Y en esa presencia mis teorías pierden fuerza. Mis ironías se vuelven reflejos viejos. No puedo esconderme en ellas. Me vuelvo torpe frente a ti. Y esa torpeza no me humilla. Me ordena.
Pienso en el mundo que va a tocarte y no voy a mentirte incluso si todavía no puedes oírme. Hay velocidad, miedo empaquetado como progreso, pantallas que llaman a eso compañía. Todo eso va a rozarte. No puedo evitarlo. No soy tan poderoso ni tan ingenuo. Pero hay algo que también existe y que nadie administra: esta gravedad nueva. No aplasta. Concentra. Desde que estás el mundo no pesa menos. Pesa distinto.
Te observo dormir y tengo la impresión absurda de que recuerdas algo que yo olvidé antes de nacer tú. No sé de dónde viene esa sospecha. Tal vez es mía. Tal vez es tuya. Tal vez es solo el silencio que aparece cuando dejas de moverte y el aire se enfría un poco alrededor de tu cara. En ese silencio entiendo que tu cuerpo no promete nada. No representa nada. Existe. Y al existir desarma todo lo que yo creía necesario entender.
Algún día vas a dejar de mirarme así. No sé cuándo. No sé cómo voy a ser yo cuando eso ocurra. Tal vez ese día descubra que esta pausa era temporal. Tal vez descubra que no lo era y que fui yo el que se movió otra vez demasiado rápido. Escribo esto para recordarme que ahora no corro.
No sé qué recordarás de mí. Tal vez mis silencios pesen más que mis palabras. Tal vez mis torpezas se queden contigo como una forma discreta de compañía. Siempre creí que la vida podía corregirse. Ahora apenas acompaño. Y en esa renuncia hay algo que se parece peligrosamente a la paz.
Si existe algo parecido a lo sagrado no tiene que ver con promesas ni con respuestas. Tiene que ver con esta fragilidad que no se defiende. Con esta respiración que organiza el tiempo alrededor sin pedir permiso. Me quedo aquí mientras puedo. No sé si el mundo ha ganado. Pero desde que llegaste dejó de estar solo. Y eso todavía cambia todo.