Te respiraré en el humo


La primera vez que Ella desapareció fue en la habitación donde todavía no habíamos entrado. No puedo asegurarlo con exactitud porque en ese momento yo aún no fumaba, pero el cenicero estaba tibio y tenía mi nombre escrito en la ceniza con una letra que no reconocí hasta años después, cuando aprendí a escribirlo mal.

He intentado escribirla cuatro veces. Este es el tercero.

Los otros permanecen en el cajón de la mesa, aunque la mesa todavía no está en esta casa. A veces los abro igual. El papel huele a escalera húmeda. No a humo. A escalera.

La conocí subiendo.

La escalera tenía peldaños numerados hasta el siete. Después continuaba sin números, pero no sin orden. Eso lo entendí más tarde. Ella subía con naturalidad, como si conociera la regla. Yo la seguí porque alguien debía equivocarse primero.

En el peldaño ocho dijo mi nombre. En el nueve me pidió fuego. En el diez me explicó que no fumaba. No le creí. Desde entonces empecé a fumar. No por hábito. Por orientación.

El humo indicaba dirección. Cuando subía recto, Ella estaba cerca. Cuando se inclinaba hacia atrás, Ella ya había pasado. Cuando descendía, significaba que todavía no llegaba. Aprendí eso antes de entender para qué servía.

Una vez intenté esperarla en el peldaño siete. No apareció. Otra vez la esperé en el once. Tampoco.

La tercera vez entendí que la escalera no era un lugar donde esperar sino un modo de respirarla.

Ella decía que escribir es fijar una corriente de aire en el sitio equivocado. Por eso nunca quiso que la nombrara completa. Me permitió escribir sólo su sombra, su mano izquierda, el modo en que sostenía un cigarrillo apagado como si midiera el tiempo con algo que no ardía.

Este texto es uno de esos intentos. Tal vez el último. Aunque todavía no empiezo.

La última vez que la vi fue antes de conocerla. Estábamos sentados frente a la ventana que da a la pared donde todavía no han abierto la calle. Ella sostenía un cigarrillo apagado entre los dedos. Lo encendí yo. El humo bajó en lugar de subir. No me sorprendió. A esa altura ya sabíamos que el aire obedecía otras instrucciones.

—No vuelvas a escribirme —dijo—. Es peligroso numerar lo que respira.

No respondí. Apagué el cigarrillo en un cenicero que todavía no estaba allí. Desde entonces la ventana permanece abierta aunque la pared siga intacta. El aire entra igual. A veces trae olor a escalera. A veces trae mi nombre escrito con la letra incorrecta.

Ayer encontré otro cenicero en el peldaño siete. No el mismo. Uno anterior.

Tenía mi nombre escrito otra vez, pero esta vez correctamente. Eso me preocupó más. Ella nunca acertaba. Decía que los nombres sólo sirven cuando fallan un poco. Subí hasta el siete. Después no había números. No seguí.
Todavía no.

Encendí un cigarrillo sólo para comprobar algo que ahora prefiero no comprobar dos veces: el humo no subía ni bajaba. Se quedaba quieto frente a mí, como si esperara que terminara de escribir esta línea para poder decidir en qué dirección recordarnos.

Entonces entendí que Ella no desapareció en la habitación donde no entramos.

Ni en la ventana. Ni en la escalera. Desapareció exactamente aquí. En la frase anterior. La borré hace un momento para que pudiera seguir respirando. Ahora fumo más. No por disciplina.

Porque si sigo escribiéndola con esta precisión, la escalera va a terminar numerándome a mí. Y sospecho que ya pasé del siete hace tiempo.