Ensayo sobre la fatiga de ser alguien


Mi nombre aparece varias veces al día sobre pantallas, formularios, recibos, registros, contraseñas, documentos, saludos automáticos y listas de espera. La gente supone que esas sílabas me representan. Yo sospecho otra cosa. Sospecho que funcionan como una chapa metálica remachada sobre una pieza de carne para facilitar su clasificación. Nada misterioso. Nada poético. Un procedimiento de inventario. Se etiqueta la mercancía, se archiva la mercancía, se rastrea la mercancía. Después la mercancía aprende a responder cuando escucha el código impreso sobre su superficie, trabajo fino.

Durante años confundí esa etiqueta con una estructura interna. Creí que debajo del nombre existía una sustancia compacta, una pieza original, una identidad esperando pacientemente ser descubierta entre capas de ruido y desgaste. Una superstición útil. La maquinaria social consume grandes cantidades de esa fantasía. Mantiene las correas en movimiento. Permite que millones de personas rellenen formularios sin reírse a carcajadas. Porque la operación es grotesca: una acumulación de impulsos contradictorios, hábitos adquiridos, reflejos prestados, miedos manufacturados y deseos ensamblados por terceros recibe una palabra fija y, de pronto, todos actúan como si el embalaje hubiera resuelto el contenido, control de calidad.

Yo también participé con entusiasmo. Alimenté el expediente. Pulí la biografía. Organicé recuerdos como un operario nocturno que reacomoda cajas defectuosas antes de una inspección. Eliminé incoherencias. Añadí explicaciones retrospectivas. Convertí accidentes en decisiones. Convertí cicatrices en argumentos. Convertí dudas en estilo personal. Incluso aprendí a exhibir mis grietas, porque hasta las fracturas pueden transformarse en elementos decorativos cuando el personaje necesita parecer auténtico, mercancía premium.

La fatiga comenzó cuando advertí que el mantenimiento nunca terminaba. Cada conversación exigía consistencia. Cada vínculo reclamaba continuidad. Cada fotografía actuaba como un inspector de fábrica verificando que el producto siguiera pareciendo el mismo. Había que sostener una línea narrativa estable. Había que garantizar compatibilidad entre versiones antiguas y nuevas. Había que seguir siendo reconocible. Lo agotador no era convertirse en alguien. Lo agotador era renovar diariamente la licencia de funcionamiento, contrato indefinido.

Entonces empecé a observar los materiales. No encontré ninguna esencia. Encontré costras. Tejidos endurecidos alrededor de antiguas heridas verbales. Fragmentos de discursos adheridos al cartílago de la memoria. Deseos incrustados como limaduras bajo la piel. Opiniones sedimentadas por repetición. Nada tenía la dignidad de una verdad original. Todo parecía el resultado de años de acumulación, presión y soldadura improvisada. Un depósito industrial mezclado con un matadero. Una cadena de ensamblaje trabajando directamente sobre materia orgánica, carne intervenida.

Lo más cómico es que la operación funciona. La etiqueta acaba modificando aquello que etiqueta. El nombre empieza como una herramienta administrativa y termina comportándose como un órgano parasitario. Exige alimento. Exige coherencia. Exige protección. Hay que justificarlo constantemente. Hay que producir evidencias de su existencia. Hay que defender su reputación. Hay que reparar los daños sufridos por una ficción que, curiosamente, consume más energía que muchos cuerpos reales, excelente negocio.

Mi cansancio no proviene del engaño. Proviene de los beneficios. He cobrado reconocimiento, pertenencia, afecto y sentido utilizando la misma prótesis que ahora examino con sospecha. He obtenido ventajas del mecanismo. He aprendido sus protocolos. He firmado sus formularios. Incluso esta crítica amenaza con convertirse en otra pieza del personaje, otro accesorio brillante adherido al uniforme, otra insignia para distinguirme dentro del inmenso almacén de individuos que desean parecer únicos utilizando materiales producidos en serie, producción masiva.

Por eso desconfío de quienes anuncian que han logrado encontrarse. El hallazgo suele parecerse demasiado a una ceremonia de certificación. Se entrega una placa conmemorativa al trabajador que consiguió parecer la misma persona durante cuarenta años consecutivos. Aplausos. Fotografía oficial. Sonrisas reglamentarias. Después todos regresan a sus puestos para continuar apretando tornillos sobre una estructura que cruje por dentro con el sonido húmedo de los vendajes viejos cuando se desprenden de la piel. Nada resuelto.

Hay noches en que el mecanismo pierde sincronía. El nombre deja de ajustarse al cuerpo. Las sílabas cuelgan flojas. Los recuerdos cambian de textura. Alguien grita. Algo se desplaza. Entonces aparece una sospecha desagradable. Quizá nunca llevé mi nombre adherido a la carne. Quizá ocurrió exactamente lo contrario. Quizá fue la carne la que terminó adherida al nombre, alimentándolo durante años, reparándolo, justificándolo, sacrificando tejido para mantener intacta una pequeña placa oxidada, y cuando intento separar una cosa de la otra escucho ese ruido breve, viscoso, irrepetible, como una venda arrancada demasiado tarde.






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