Ensayo sobre la fatiga de ser alguien
El nombre no pesa: organiza. Eso me repito mientras lo uso para abrir puertas, firmar, responder, corregir a quien lo pronuncia mal. Hay una eficacia casi moral en coincidir con lo que te llaman. Sin embargo, a veces el nombre llega antes que yo, como un mensajero impaciente, y ocupa el lugar donde debería estar mi cuerpo. Yo llego después, con un segundo de retraso, y finjo continuidad. Nadie lo nota. Yo tampoco, salvo cuando me detengo y la escena sigue sin mí.
He reducido mi vida a operaciones verificables: escribir, comer, saludar, cumplir. Funciona. La regularidad tranquiliza a los otros y me devuelve una forma. La forma es necesaria. Sin forma, me disperso; con forma, me agoto. No es una paradoja interesante, es un procedimiento. Repetir hasta fijar, fijar hasta que duela, sostener el dolor como prueba de que existe algo que sostener. A veces me convenzo de que la fatiga es un signo de éxito.
En la mesa hay una taza. No la lavo. No es negligencia, es método. La muevo, la lleno, la dejo. Vuelve a un sitio que no elegí. No es extraño. Lo extraño sería que obedeciera. La taza organiza el espacio con una disciplina que envidio. Hoy estaba caliente sin haber sido usada. No lo pensé demasiado. Pensar introduce grietas donde no hacen falta. Bebí. El sabor era correcto. Siempre es correcto. Quizá por eso la dejo ahí: para que algo acierte sin mí.
Dicen que la identidad es persistencia. Yo la experimento como una superficie que exige mantenimiento. Pulir, repetir, evitar la aspereza que delata variaciones. Hay frases que funcionan como llaves: “yo soy así”, “siempre he sido así”. Las uso. Abren. También cierran. Cuando alguien duda, yo mismo le ofrezco la versión estable de mi historia. Es un gesto de cortesía. Es, también, una forma de defensa contra lo que no encaja. Lo que no encaja no desaparece. Espera.
Ayer pronunciaron mi nombre con una inflexión mínima, como si le hubieran quitado una pieza invisible. No respondí de inmediato. No fue rebeldía. Fue un retraso limpio. Durante ese intervalo, la conversación siguió, y comprobé algo que prefiero no formular del todo: la escena no me necesita para sostenerse. Respondí. No por convicción, por inercia. Después, mientras hablábamos de asuntos previsibles, tuve la sensación de estar usando una voz prestada que encajaba demasiado bien. Me oí decir una frase que suelo decir. No recordé haberla aprendido.
La taza cambió de sitio otra vez. No la moví. O la moví y no lo registré. No importa. Importa que, al acercarme, tuve la certeza de que me estaba esperando. No con intención, no con voluntad; con una exactitud que no requiere intención. La tomé y estaba fría. Un segundo antes la recuerdo tibia. No hay contradicción, me digo; hay lapsos. Los lapsos son tolerables si no se convierten en patrón. Me repito esto mientras limpio la superficie con el dedo y dejo una marca que mañana no estará.
He considerado abandonar el nombre. Dejarlo sobre la mesa, junto a la taza, para que alguien lo use hasta gastarlo. No funciona así. El nombre no es un objeto que se abandona; es un hábito que otros ejercen por ti. Incluso si callo, alguien completa la frase. Incluso si me retiro, algo ocupa el hueco con una precisión que no admite protesta. Me tranquiliza pensar que eso es lo normal. Me inquieta que me tranquilice.
Hay una grieta que no sé si quiero ampliar. Ocurre cuando el nombre no señala nada en particular y, sin embargo, todo se ordena alrededor de ese vacío. Un instante en que no coincide con lo que nombra y la no coincidencia resulta más exacta que cualquier ajuste. No dura. Nada que valga dura. Pero deja una presión leve, como si algo empujara desde el otro lado de la forma. A veces creo que si cediera un poco más, algo se reorganizaría. A veces creo que eso sería un error.
He empezado a notar que ciertas acciones se ejecutan solas antes de que yo las decida. Escribir, por ejemplo. Esta frase no la elegí del todo. No importa. Importa que funciona, que mantiene la continuidad, que evita la caída. La coherencia es útil. También es sospechosa. Una coherencia demasiado limpia puede ocultar una sustitución gradual. No tengo pruebas. Tengo eficacia.
La taza está ahora en el borde de la mesa. No recuerdo haberla dejado ahí. Si cae, se rompe. Si no cae, confirma algo que no quiero confirmar. La empujo apenas, lo suficiente para que la posibilidad exista. No ocurre nada. La dejo. El nombre suena en otra habitación. No sé si es el mío. Respondo. O alguien responde con mi voz. La diferencia, si la hay, no altera el resultado. Y sin embargo, por un instante, la escena parece sostenerse mejor sin esa coincidencia. Luego todo vuelve a encajar. Demasiado bien.