Llegas tarde incluso cuando te quedas quieto


La frase ya estaba escrita cuando abrí la libreta. No la recordaba, pero reconocí la letra como se reconoce una cicatriz: por insistencia. Llegas tarde incluso cuando te quedas quieto. Debajo, una variación mínima, casi una corrección: Llegas tarde incluso cuando no te mueves. No intenté mejorarla. Uno no corrige lo que insiste.

El reloj de la cocina marcaba las once por segunda vez. No era un error: lo sabía con una certeza incómoda, como si ya hubiera estado allí antes de estar. Le quité la pila y el segundero siguió avanzando con una disciplina ajena. Pensé en detenerlo con la mano, pero mi mano ya había pasado por encima y se había retirado. El gesto ocurrió antes de que lo decidiera. Me limité a observar cómo el reloj llegaba primero a cada segundo.

Anoté algo en la libreta, debajo de lo ya escrito: No te muevas mañana. Cerré el cuaderno con cuidado, como si pudiera escucharme desde adentro. No recordaba haber comprado esa libreta. Pero recordaba haberla terminado.

A la mañana siguiente me quedé quieto. Me quedé quieto como quien obedece a alguien que no está. Me quedé quieto porque ya lo había hecho.

El barrio pasó sin interrupciones. El vendedor de pan dejó el silbido húmedo en la misma esquina de siempre. La mujer golpeó la puerta equivocada con una precisión que no admitía corrección. El niño arrastró su balde vacío dos veces por la acera, luego volvió a arrastrarlo exactamente igual, como si el recorrido no condujera a ningún lugar sino a su repetición. No me miraron. La quietud no produce testigos; produce coincidencias.

El reloj marcó las once otra vez. Y otra. Empecé a recordar esas once como si las hubiera vivido en días distintos. No podía ordenarlas. Eran la misma hora en tiempos diferentes, o tiempos diferentes en la misma hora. La libreta apareció abierta sobre la mesa, en una página que no recordaba haber escrito: No basta con quedarte. La letra era mía, más cerrada, más paciente.

Fui al espejo. Mi reflejo ya estaba mirándome. Levanté la mano y el reflejo la dejó caer antes de que yo la alzara. Sonrió apenas, como si hubiera cometido un error leve. No quise repetir el gesto. No quise aprender de mí.

En el pasillo, el cuadro torcido señalaba hacia abajo. No lo había notado así antes. Lo enderecé por impulso. El reloj, en la cocina, saltó a una hora razonable. Esa normalidad me inquietó más que el desorden. Volví al pasillo y encontré el cuadro otra vez inclinado, ahora hacia la puerta. Detrás, una hoja arrancada de la libreta: Si corriges el cuadro, llegas tarde. La volví a dejar torcida. El reloj empezó a marcar once, once, once, como si la cifra fuera suficiente.

Esa noche soñé con la silla junto a la ventana. Alguien se sentaba antes que yo. No tenía rostro, pero sostenía la libreta abierta en la primera página. Repetía la frase en voz baja, equivocándose en la segunda palabra, corrigiéndose en la tercera. No aprendía: ajustaba.

Desperté de pie. La silla estaba ocupada por una presión leve, exacta, como una forma que se adelanta al cuerpo. Supe cómo iba a sentarme. Supe el ángulo de las rodillas, el peso en la espalda, la posición de las manos. Ese conocimiento no me pertenecía; me precedía. Tardé en sentarme porque ya estaba sentado.

El niño pasó otra vez con el balde. Esta vez no era el mismo. Era más alto, o el balde más pequeño. Arrastró el metal por la acera y el sonido fue idéntico al anterior. Nadie se detuvo. Nadie se sorprende cuando lo imposible repite su forma.

Abrí la libreta. La última página estaba escrita: Llegaste tarde hoy también. Debajo, una línea añadida con una calma que no reconozco: Todavía puedes quedarte quieto aquí. No decía dónde. La silla no se movía. Yo tampoco.

Volví a la primera página para corregir la frase. Estaba escrita dos veces, una sobre la otra, con un desfase mínimo que hacía vibrar las letras. Entre ambas, en el margen, una palabra pequeña, repetida en plural, como si alguien hubiera empezado a contarse:
llegan.