Disidencias de un amor imposible
La carpeta sigue ahí, enterrada entre recibos térmicos ya borrados por el tiempo, contratos vencidos y manuales de aparatos muertos, una costra digital adherida al disco duro como grasa endurecida en el interior de una máquina que continúa funcionando por pura terquedad mecánica. Abro el archivo, no porque espere descubrir algo, tampoco porque conserve alguna fe en la arqueología de los sentimientos, sino por la misma razón que algunos acumulan tornillos deformados, piezas rotas, llaves que ya no abren ninguna cerradura: ciertas averías generan su propio culto.
El mensaje permanece intacto. Eso parece una virtud hasta que se observa de cerca. Lo intacto no siempre está vivo. También permanecen intactas algunas prótesis olvidadas en hospitales clausurados, algunos dientes almacenados en frascos opacos, algunos fragmentos de metal incrustados durante décadas bajo la piel de los obreros. La conservación posee algo obsceno. El deterioro al menos trabaja. Lo intacto espera.
Leo las primeras líneas. Cada frase intenta parecer una confesión. Mentira. Aquello no era una confesión. Era embalaje. Material protector alrededor de una mercancía demasiado frágil para circular sin romperse. Debajo de los adjetivos, debajo de los rodeos cuidadosamente pulidos, debajo de las modulaciones de voz que pretendían elegancia, no había amor ni valentía ni profundidad. Había una operación logística. El traslado desesperado de una carga.
Resulta fascinante la cantidad de mecanismos que un organismo puede fabricar para evitar nombrar su propia avería. Algunos beben. Otros rezan. Otros producen teorías. Yo redactaba párrafos. Después los observaba secarse sobre la pantalla como capas sucesivas de pintura industrial aplicadas sobre una tubería corroída. El resultado nunca fue reparación. Apenas maquillaje técnico.
El cursor sigue parpadeando al final del documento. Pequeño martillo neumático golpeando el mismo punto desde hace años. Ninguna respuesta llegará. Ninguna debía llegar. Hay deseos que seleccionan con precisión de fábrica aquello que jamás podrá responderles. Luego llaman intensidad a la distancia. Luego llaman destino a la incompatibilidad. Luego convierten la avería en una marca registrada.
Durante mucho tiempo pensé que conservaba aquel archivo para estudiarlo. Suena razonable. Profesional incluso. Los coleccionistas también utilizan palabras respetables para justificar habitaciones llenas de objetos inútiles. Inventario. Archivo. Memoria. Patrimonio. Nunca basura. Jamás residuo. La lengua trabaja como una empresa de reciclaje fraudulenta: cambia las etiquetas y espera que nadie examine el contenido.
Ni siquiera me interesa ya la persona hacia la cual estaban dirigidas aquellas líneas. Esa es la parte menos importante del mecanismo. El verdadero objeto siempre fue el mensaje mismo, esa pieza inmóvil, esa mercancía emocional incapaz de circular, ese lote defectuoso retirado del mercado antes de llegar a los estantes. El archivo no contiene una historia frustrada. Contiene stock inmovilizado.
Lo observo. Me observa. Entre ambos no existe ninguna diferencia sustancial. El documento acumula frases. Yo acumulo días. El documento conserva versiones antiguas de sí mismo. Yo también. El documento ocupa espacio mientras finge utilidad. Yo también. Ninguno de los dos ha sido desmontado todavía.
Las palabras continúan allí, absorbiendo polvo electrónico, electricidad residual, humedad microscópica, envejeciendo sin transformarse, endureciéndose como juntas de caucho abandonadas dentro de un almacén donde nadie recuerda ya la función original de las piezas; y sin embargo algo sigue trabajando debajo, algo pequeño, automático, impersonal, una cinta transportadora que nunca fue apagada, un engranaje girando en vacío, triturando lentamente materia vencida para convertirla otra vez en materia vencida, porque algunas máquinas no existen para producir, existen para impedir que desaparezca la montaña de residuos que las alimenta, y yo sigo escuchando el roce de sus dientes metálicos justo antes.