Disidencias de un amor imposible


La primera vez que la vi, ya la estaba perdiendo. No por una intuición trágica ni por alguna clase de lucidez que ahora me gustaría atribuirme. Fue más simple. Pidió café, se equivocó al decir azúcar y dijo ceniza. Nadie corrigió nada. Yo tampoco. Desde entonces, el café debería saber a ceniza, pero a veces no sabe a nada, y eso es peor.

Nos encontramos donde no hay memoria: mesas que alguien limpia demasiado rápido, vidrios que devuelven rostros con retraso. Siempre hay alguien cerca. No miran, pero registran. Un hombre levanta la vista cuando nuestras manos casi se tocan. Una mujer sonríe como si supiera algo que todavía no ocurre. No hablamos de eso. Tampoco de lo otro. La prohibición no se discute. Se ejecuta.

Ella cambia detalles mínimos. Un martes se vuelve jueves. Una calle gira un poco más de lo que debería. No miente para ocultar, miente para ajustar. Yo la sigo. Repito sus versiones hasta que el recuerdo pierde resistencia y se deja moldear. Así construimos algo que se parece a una historia, pero cede cuando uno la presiona en el lugar correcto.

Caminamos a veces por una calle que no figura en ningún plano. No es un secreto: simplemente no insiste lo suficiente como para existir. Llueve con una constancia que termina por volverse una forma de orden. Ella se detiene frente a una vitrina vacía y dice que ese lugar le pertenece. Miro el vidrio. El reflejo coincide esta vez. Exacto. Demasiado exacto. No digo nada. Nombrarlo sería admitir que algo dejó de fallar.

Intentamos acercarnos como si el problema fuera de distancia. No lo es. Cada gesto tiene una consecuencia que no vemos, pero sentimos después, como una fiebre leve. Una vez, su mano rozó la mía. No pasó nada en ese momento. Horas más tarde olvidé el nombre de alguien importante. No sé si fue una pérdida equivalente, pero el cuerpo parece llevar su propia contabilidad.

Una noche —no hay otra— me pidió que dejara de pensarla. No que la olvidara. Eso sería un trabajo limpio. “No me pienses”, dijo. Asentí. Desde entonces la recuerdo con más precisión. El olor de su cabello después de la lluvia no siempre es el mismo. A veces es más frío. A veces no tiene olor. Cuando intento fijarlo, cambia. Como si supiera que lo estoy mirando.

Hablamos de cosas inútiles con disciplina. El clima, libros que no terminamos, películas que nunca existieron pero que describimos con una seguridad inquietante. Lo esencial no aparece, pero ocupa espacio. Se acomoda entre las frases, desplaza el aire. A veces tengo la impresión de que ya dijimos lo importante y lo olvidamos en el mismo instante. Otras veces creo que nunca hubo nada que decir y que esa ausencia es lo único estable.

El cambio ocurrió sin señal. Un día, al verla, no sentí la urgencia de tocarla. Sentí otra cosa, más precisa: si la tocaba, algo iba a coincidir del todo. Y lo que coincide, se fija. Y lo que se fija, termina. No extendí la mano. Ella tampoco. Nos quedamos ahí, sosteniendo una distancia que no era espacio.

Desde entonces, seguimos viéndonos. El café ya no insiste en la ceniza. La lluvia a veces se interrumpe a mitad de la caída, como si alguien olvidara continuarla. El reflejo vuelve a fallar, por suerte. Hablamos menos. El silencio tiene una textura distinta, más áspera. Cuando se vuelve demasiado claro, uno de los dos dice algo irrelevante, como quien arroja una piedra para comprobar que todavía hay profundidad.

Empiezo a sospechar que lo imposible no era estar juntos. Era otra cosa que ahora no logro formular sin que se desarme. Tal vez era la forma en que no estábamos. Tal vez era esta tensión exacta que nos organizaba sin dejarnos existir del todo. Si eso desaparece, queda algo disponible, correcto, casi decente. No lo reconozco.

Hoy, mientras pagaba el café, el hombre de la mesa contigua no levantó la vista. Nadie registró nada. Afuera, la lluvia dudó un segundo antes de caer. Nos despedimos sin precisión. Su mano rozó la mía, esta vez sin cálculo. No sentí pérdida inmediata. Eso me inquietó más que cualquier otra cosa.

Camino unas cuadras. Intento no pensarla. Funciona por momentos. Luego vuelve, pero no como antes. Hay un pequeño retraso, una falla en la continuidad. Como si ya no fuera necesario recordarla para que esté. Me detengo frente a un vidrio. El reflejo coincide. Exacto. Demasiado exacto. Esta vez digo su nombre en voz baja.

No pasa nada. Y esa falta de respuesta, esa obediencia súbita del mundo, tiene algo de error. Algo que no estaba previsto. Algo que, si se mantiene, va a terminar por corregirnos.