La grieta no promete luz
Hay dolores que no llegan: ya estaban allí, agazapados detrás de la costilla, esperando que una palabra equivocada, una puerta cerrándose, una ausencia con nombre propio, hiciera saltar el yeso de la conciencia. Entonces aparece la grieta. No como metáfora, porque las metáforas son demasiado limpias para ciertas catástrofes, sino como una línea negra que atraviesa la habitación, el rostro, la infancia, el lenguaje; una pequeña falla tectónica por donde comienza a entrar algo que llamamos luz porque todavía no hemos encontrado una palabra menos piadosa. La herida abre, sí, pero abrir no equivale a liberar. También las cárceles tienen ventanas. También el matadero necesita claraboyas. La luz entra sobre el cadáver con la misma indiferencia con que entra sobre el cuerpo que todavía respira.
Tal vez sea eso: el momento en que el mundo deja de obedecer la gramática que habíamos impuesto sobre él. Hasta entonces caminábamos creyendo que las cosas poseían nombres y que los nombres poseían cosas, que madre significaba refugio, futuro significaba continuidad, cuerpo significaba casa, yo significaba alguna entidad relativamente estable que podía levantarse por la mañana y reconocerse en el espejo sin sospechar que detrás de los ojos había un extranjero administrando la maquinaria.
Después ocurre la fractura y las palabras empiezan a sangrar. Ya no dicen lo mismo. El amor puede significar abandono; la memoria, una habitación sin salida; la identidad, un ruido producido por una multitud de voces que jamás votaron para elegir al individuo que las representa. Y en esa confusión aparece una claridad brutal: no éramos aquello que creíamos ser, apenas una construcción provisional sostenida por hábitos, deseos, mercancías, fantasmas y pequeñas ficciones domésticas.
El dolor no ennoblece. Esta es quizá su primera obscenidad. No nos vuelve mejores, ni más profundos, ni más dignos de una estatua bajo la lluvia. A veces solamente nos vuelve cansados, mezquinos, furiosos, incapaces de responder un mensaje, de comer, de dormir, de soportar el ruido de una cuchara contra un plato. Hay sufrimientos que no producen conocimiento alguno, solamente una habitación a oscuras y el cuerpo respirando como una máquina averiada. Pero incluso allí, en ese territorio donde toda interpretación parece una indecencia, algo se desplaza.
La conciencia pierde su comodidad. El mundo deja de ser paisaje y se convierte en interrogatorio. El cuerpo, ese animal que durante años confundimos con nosotros mismos, comienza a hablar en un idioma anterior al pensamiento: fiebre, contracción, náusea, insomnio, hambre, temblor. La filosofía llega tarde, con sus zapatos embarrados, intentando explicar lo que la carne ya sabía.
Por eso la grieta no es necesariamente una puerta. Puede ser solamente una grieta. Y la luz que la atraviesa tampoco tiene obligación de parecerse a la salvación: puede ser blanca como una morgue, fría como el amanecer sobre una fábrica, despiadadamente exacta. Entra y revela el polvo que antes no veíamos, las manchas detrás de los muebles, las fotografías torcidas, los insectos muertos junto al zócalo. Ilumina incluso aquello que preferiríamos conservar en penumbra. Quizá ahí resida su escándalo: la luz no cura la herida, la hace visible. El dolor abre el párpado de la existencia y detrás no encuentra ningún dios aguardando con respuestas, sino una profundidad sin rostro, una habitación todavía más grande, el eco de nuestras propias preguntas regresando deformado por las paredes.
Entonces permanecemos allí, frente a la abertura, sin saber si mirar es comprender o simplemente exponerse. Afuera continúa la ciudad: motores, anuncios, vendedores, amantes, policías, niños que todavía creen que las cosas tienen principio y final. Adentro, la grieta sigue creciendo en silencio. Una línea mínima. Un error en la arquitectura. Por ella entra la luz, sí, pero también el frío, el ruido de lo que no comprendemos, el mundo sin anestesia. Y quizá lo más fatal no sea descubrir que estábamos rotos, sino sospechar que la rotura era la única forma que tenía nuestra oscuridad de volverse visible.