Todos los espejos pertenecen a la misma conspiración


No lo descubrí en una madrugada de fiebre ni después de beber hasta confundir mi nombre con el de un muerto; lo descubrí una mañana vulgar, mientras me afeitaba y una gota de sangre descendía por mi cuello con la lentitud burocrática de una firma. Allí estaba mi cara, obediente, perfectamente sincronizada con la mía, pero había algo en sus ojos que no correspondía a ningún movimiento que yo hubiera ordenado. Incliné la cabeza y ella también. Sonreí y sonrió. Durante un segundo, sin embargo, juraría que sonrió antes. Desde entonces sospecho que toda superficie capaz de devolvernos el rostro ha sido reclutada para una operación antigua, una maquinaria de reconocimiento donde el sujeto comparece voluntariamente ante su propia imagen y llama identidad a la evidencia presentada contra él.

Nos enseñaron a mirarnos para saber quiénes somos, como si el rostro fuera una escritura anterior a la palabra, como si debajo de la piel hubiera una contraseña esperando ser pronunciada por unos ojos suficientemente disciplinados. Pero el espejo no devuelve nada: administra. Selecciona, encuadra, recorta, congela. Decide que esto es la frente, aquello la cicatriz, aquí la boca que miente, allá los párpados que desean. El espejo convierte la carne en documento y después nos obliga a firmarlo cada mañana. Qué obscena esa ceremonia: lavarse los dientes frente al verdugo, peinarse ante el notario del vacío, comprobar que el cadáver continúa presentándose puntualmente al trabajo. Y nosotros, tan orgullosos de nuestra supuesta libertad, obedecemos la geometría de una superficie de vidrio.

Hay habitaciones donde los espejos parecen multiplicarse hasta borrar la habitación. Uno entra y encuentra diez cuerpos, cien cuerpos, una multitud de impostores idénticos que levantan la mano cuando uno la levanta, que envejecen al mismo tiempo, que padecen nuestra calvicie con una solidaridad monstruosa. Aparece la sospecha verdadera: quizá no somos uno reflejándose en muchos, sino muchos reflejos sosteniendo la ficción de uno. Quizá el yo sea apenas el nombre que damos al acuerdo entre esas imágenes. Una contraseña colectiva. Un pequeño gobierno instalado detrás de los ojos. Y en algún punto del laberinto, donde las superficies ya no distinguen entre profundidad y repetición, alguien ha dejado de reflejarnos y ha comenzado a observarnos.

Porque el espejo conoce una cosa que nosotros preferimos ignorar: que mirar también es ser mirado. El ojo entra en el mundo como un animal hambriento, creyendo poseer aquello que contempla, pero cada mirada abre una herida por donde el mundo devuelve la mirada. De ahí nace el miedo. No del monstruo detrás del vidrio, sino de la posibilidad de que no haya ningún monstruo detrás, de que la amenaza esté exactamente aquí, en esta conciencia que necesita verse para convencerse de existir. El espejo no dice “eres esto”. Dice algo peor: “eres aquello que puedes reconocer”. Y todo lo que queda fuera de ese reconocimiento empieza a parecer inexistente, extranjero, oscuro, peligroso. Así fabricamos nuestros propios abismos y después levantamos edificios para vigilarlos.

Una noche rompí uno. No por rabia, sino por curiosidad. El vidrio cayó contra el suelo y la habitación se llenó de pequeños rostros. Mi cara apareció partida en docenas de fragmentos, cada uno con una expresión distinta, como si por fin hubiera logrado escapar de la dictadura de la semejanza. Me agaché y recogí uno. En aquella astilla mi ojo parecía enorme, casi animal. Lo acerqué a la lámpara. Vi detrás de mi pupila una habitación diminuta y dentro de ella otro espejo, y en ese espejo otro ojo, y detrás del ojo otra habitación, y detrás de la habitación alguien que no pude reconocer porque, por primera vez, no tenía rostro.

Desde entonces he dejado de confiar en las superficies. El agua también conspira. Las ventanas conspiran. Las fotografías conspiran. Hasta los charcos después de la lluvia conservan una memoria sospechosa de nuestros movimientos. Camino evitando mi reflejo, pero él aparece en las vitrinas, en las puertas de los ascensores, en las cucharas, en las pantallas apagadas cuando termina la noche. Ya no sé si huyo de mi imagen o si mi imagen me sigue. Tal vez esa sea la última trampa: creer que existe una diferencia entre quien mira y aquello que devuelve la mirada. Tal vez el espejo jamás estuvo frente a nosotros. Tal vez siempre estuvo detrás de los ojos, esperando que cerráramos la puerta, apagáramos la luz y, por fin, nos quedáramos a solas con alguien que tiene exactamente nuestra cara.

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