La grieta no promete luz


Yo también creí que estaba entero. Qué manera tan estúpida de confiar en la arquitectura. Caminaba por la ciudad con mis pequeñas certezas bien abotonadas, saludaba, trabajaba, amaba cuando podía, decía que estaba bien y hasta conseguía dormir algunas noches sin sospechar que dentro de mí una pared llevaba años crujiendo. Después ocurrió algo. Siempre ocurre algo, aunque casi nunca sepamos qué fue exactamente: una ausencia, una palabra, una puerta cerrada, un cuerpo que dejó de esperarnos. Y entonces se abrió la grieta. No en el mundo, como dicen los que necesitan conservar la inocencia, sino en mí. Una línea negra atravesó la habitación, el rostro, la infancia, el lenguaje. Por ella empezó a entrar una claridad extraña. Yo la llamé luz porque todavía no conocía su verdadero nombre.

Hasta entonces había vivido como viven casi todos: haciendo pactos con la mentira y llamándolos normalidad. Creía que las cosas significaban lo que decían, que una madre era refugio, que el amor era permanencia, que el futuro era una promesa y que yo era esa persona razonablemente estable que aparecía todas las mañanas en el espejo. Qué comedia. Bastó que algo se rompiera para descubrir que el espejo llevaba años mintiendo por cortesía. Debajo del nombre había miedo; debajo del miedo, deseo; debajo del deseo, un animal antiguo que nunca aprendió nuestras buenas costumbres. Entonces las palabras comenzaron a perder sus documentos de identidad. Amor podía significar abandono. Memoria podía ser una habitación cerrada. Familia podía ser otra forma de exilio. Y yo, ese pronombre tan arrogante, empezó a sonar como el nombre de una multitud que jamás había conseguido ponerse de acuerdo.

El dolor no me hizo mejor. Conviene decirlo antes de que aparezca algún vendedor de esperanza con su mercancía de frases luminosas. No me hizo más sabio, ni más fuerte, ni digno de una estatua bajo la lluvia. Me hizo cansado. A veces mezquino. A veces furioso. Me hizo mirar durante veinte minutos una cuchara sobre la mesa sin encontrar ninguna razón convincente para levantarla. Me hizo desconfiar de los hombres que dicen «todo pasa», porque también pasan los trenes y nadie pretende que por eso sean misericordiosos. Hay sufrimientos que no dejan enseñanza alguna. Solo dejan una cama desordenada, una respiración difícil y el deseo absurdo de que nadie pregunte cómo estamos. El cuerpo sabe estas cosas antes que nosotros. Tiembla, suda, enferma, desea, recuerda. La cabeza escribe tratados sobre la dignidad mientras el estómago se retuerce como un animal acorralado. Qué poca autoridad tiene el pensamiento cuando la carne decide hablar.

Por eso empecé a sospechar de la luz. Nos enseñaron a venerarla como si toda claridad fuera buena, como si ver fuese necesariamente comprender y comprender fuese necesariamente salvarse. Pero hay luces que parecen interrogatorios. La luz de un hospital. La de una morgue. La de una cocina a las cinco de la mañana cuando uno descubre que no ha dormido. Entra por la ventana y no pregunta nada. Ilumina el polvo debajo de la cama, las manchas detrás de los muebles, la fotografía de quien ya no está, los libros que usamos para parecer menos solos, las pequeñas miserias que la oscuridad había tenido la delicadeza de ocultar. La luz no cura la herida. La delata. Y cuando algo queda completamente visible, comienza otra forma de dolor: ya no podemos fingir que no lo vimos.

Tal vez por eso la grieta no sea una puerta. Tal vez sea solamente una grieta. Nos gusta imaginar que toda fractura conduce hacia alguna revelación porque nos aterra la posibilidad de que el sufrimiento sea gratuito, de que el universo no tenga un contador celestial registrando nuestras lágrimas para convertirlas algún día en recompensa. Inventamos dioses, destinos, karmas, lecciones y otros sistemas de administración del absurdo porque nos resulta insoportable admitir que algunas cosas suceden sin pedir permiso. Una muerte puede no tener mensaje. Un abandono puede no tener enseñanza. Una enfermedad puede no estar preparando ninguna versión mejor de nosotros. El mundo no firma contratos. El mundo ocurre. Y nosotros, pobres animales con pretensiones metafísicas, exigimos explicaciones como quien reclama una factura.

Después de ciertas heridas uno deja de querer ser inocente. No porque haya aprendido a vivir, sino porque ya no puede volver a creer del mismo modo. Algo se ha contaminado. La mirada, quizá. Ya no se puede entrar a una iglesia sin preguntarse quién inventó la culpa. Ya no se puede escuchar una promesa de eternidad sin imaginar el momento exacto en que alguien buscará las llaves para marcharse. Ya no se puede hablar de éxito sin recordar todos los cadáveres pequeños que dejamos en el camino para conseguirlo. Y entonces aparece una libertad desagradable: la de no tener que convertir la desgracia en una lección. La herida no necesita justificarse. El dolor no necesita ser útil. Hay cosas que simplemente nos suceden y después nos dejan solos frente a nosotros mismos, sin música de fondo.

Afuera continúa la ciudad, indiferente y magnífica en su miseria. Pasan buses llenos, vendedores, prostitutas, policías, borrachos, enamorados, niños que todavía creen que el futuro es una palabra seria. Alguien abre una iglesia mientras otro cierra un bar. Una pareja se promete para siempre en una esquina donde mañana quizá ya no se reconozcan. Un hombre corre detrás de un autobús como si su vida dependiera de él. Quizá dependa. Nadie lo sabe. La ciudad sigue respirando sobre sus propias ruinas y yo sigo aquí, frente a la pared abierta, mirando cómo la claridad atraviesa lo que queda de mí.

Ahora sé que la grieta no vino a salvarme. Tampoco sé si vino a destruirme. Simplemente abrió un lugar por donde algo pudo entrar y algo pudo salir. El miedo salió primero. Después ciertas mentiras. Después algunos nombres. La luz entró detrás de ellos, lenta, casi tímida, y comenzó a mostrar lo que yo había pasado años escondiendo. Pero cuanto más veía, más comprendía que mirar también rompe. Que conocer puede ser otra forma de perder. Que quizá la conciencia no sea una lámpara sino una herida que aprendió a emitir luz. Por eso ya no sé dónde termina la grieta y dónde comienza la claridad. Solo sé que la pared sigue abierta, que el mundo sigue entrando por ella y que, desde entonces, cada vez que digo «luz» tengo que preguntarme qué parte de mí acaba de romperse para poder verla.

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