La lentitud de desaparecer
La desaparición no sucede de golpe. Esa es una de las crueldades más meticulosas de estar vivo. Primero desaparece una voz dentro de nosotros, después una costumbre, después la forma en que alguien pronunciaba nuestro nombre cuando todavía significaba algo, y un día descubrimos que seguimos caminando por las mismas calles con la precisión de un fantasma que aún paga sus cuentas, compra pan, responde mensajes, finge reconocer los rostros. Nadie advierte el momento exacto en que empieza a borrarse porque el borramiento trabaja con la paciencia de una humedad escondida detrás de la pared: no derriba la casa, la va convenciendo de que nunca fue sólida.
Hay mañanas en que el espejo parece una oficina de trámites para certificar la ausencia. El rostro está ahí, pero algo ha renunciado a la residencia. Los ojos conservan su expediente, la boca conserva una antigua contraseña, la piel todavía obedece al agua, pero el habitante se ha mudado unos centímetros hacia adentro, quizá para siempre. Entonces comprendemos que la identidad no es una estatua sino un acuerdo precario entre la memoria y el olvido, una cuerda tendida sobre un vacío que no necesita romperse para vencernos. Basta con que alguien deje de recordar una historia que creíamos inseparable de nuestro cuerpo.
La lentitud tiene algo más feroz que la muerte: permite testigos. Uno presencia el saqueo de su propia casa. Ve desaparecer las fotografías, las obsesiones, ciertas palabras, la necesidad de llamar a alguien, la rabia que antes parecía un animal inmortal golpeando las costillas. Todo se vuelve administración de ruinas. Incluso el deseo envejece con una dignidad sospechosa, como una lámpara encendida en una habitación que ya no pertenece a nadie. Y, sin embargo, algo persiste: un ruido en las tuberías, una silla mal puesta, la costumbre absurda de mirar hacia la puerta aunque nadie vaya a entrar.
Quizá desaparecer consista en esto: reducirse sin dejar de producir huellas, convertirse lentamente en la evidencia de alguien que ya no coincide consigo mismo. El yo se deshilacha mientras conserva su firma. Qué broma más exacta. Seguimos llamándonos por el mismo nombre cuando el nombre ya no encuentra el cuerpo que lo pronuncia. Seguimos avanzando por un mapa cuya escala ha cambiado en secreto. Las habitaciones parecen más grandes porque nosotros somos menos. El pasillo tarda una eternidad en terminar. Al fondo, el espejo continúa encendido como una pantalla que nadie apaga.
Y entonces ocurre algo peor que el vacío: todavía estamos aquí. Respiramos dentro de la demora, con la obstinación húmeda de una máquina que desconoce que está fallando. Afuera cae la noche sobre los edificios, los semáforos cambian para nadie, una ventana permanece iluminada en un piso cualquiera, y en esa pequeña geometría de luces alguien también está desapareciendo, sin ceremonia, sin testigos, lentamente, con el cuerpo intacto y el nombre todavía en su sitio, mientras algo invisible retira, una por una, las piezas del mundo.