Fumando un pensamiento


Fumo un pensamiento porque algunos pensamientos no se dejan pensar: necesitan fuego, una pequeña ceremonia clandestina, el fósforo raspando la noche como quien abre una herida para comprobar que todavía existe. Lo enciendo y durante unos segundos creo que tengo una idea entre los dedos, pero no, es apenas humo, una arquitectura sin paredes que sube hacia el techo y se deshace antes de alcanzar ninguna respuesta. Quizá pensar sea eso: fabricar formas destinadas a desaparecer. Uno fuma para tener algo que mirar mientras se pierde. El humo asciende con la elegancia miserable de las cosas que saben que van a morir y, sin embargo, insisten en dibujar círculos sobre nuestras cabezas. Yo también he dibujado círculos. He llamado destino a mi repetición, carácter a mi miedo, identidad a una colección de gestos que aprendí mirando a otros hombres caer.

La ciudad respira detrás de la ventana. Hay motores, perros, una mujer que ríe en algún apartamento, una ambulancia atravesando la madrugada como una aguja roja que cose cadáveres al tiempo. Todo continúa sin necesitar mi consentimiento. Esa es la obscenidad de la existencia: sucede. Sucede aunque uno no comprenda, aunque uno piense demasiado, aunque uno convierta cada minuto en una pregunta y cada pregunta en una habitación donde después no encuentra la puerta. El mundo no tiene la cortesía de explicarse. Uno le exige sentido y recibe tráfico, humedad, recibos vencidos, un cuerpo que envejece mientras intenta recordar quién era. Entonces vuelvo a fumar. No porque el cigarrillo responda, sino porque el humo sabe guardar silencio.

Hay pensamientos que entran al cuerpo como animales nocturnos. Se meten debajo de la piel, muerden los recuerdos, reorganizan los muebles de la infancia. Uno despierta y ya no sabe si aquello que recuerda ocurrió o si fue inventado por la necesidad de tener un pasado. Tal vez la memoria sea una fábrica de falsificaciones donde el obrero trabaja sin salario y el patrón es un fantasma. Tal vez el yo sea apenas el nombre que le damos al humo cuando todavía conserva la forma de una cabeza. Me miro las manos y parecen pertenecientes a alguien que cometió un crimen hace muchos años y todavía no ha recibido la noticia. Las manos tiemblan. El pensamiento también. Afuera, la noche continúa vendiendo sus pequeñas mercancías: sexo, hambre, religión, dinero, nostalgia, promesas. Todo tiene precio. Incluso el silencio.

Fumo más despacio. El pensamiento se consume entre ceniza y saliva. Por un instante comprendo que no estoy fumando para pensar, sino para interrumpir el pensamiento, para introducir una pequeña catástrofe en la maquinaria, una falla, una zona donde la conciencia deje de vigilarse a sí misma. Porque qué agotamiento ser alguien todo el tiempo, sostener este documento llamado yo, renovarlo cada mañana, firmarlo con recuerdos, deseos, fracasos, pequeñas mentiras necesarias para levantarse de la cama. Quizá la libertad no consista en elegir quién ser, sino en dejar de administrar esa prisión. Pero apenas aparece la idea, ya quiere convertirse en doctrina, y toda doctrina es un pensamiento con uniforme.

La ceniza cae sobre mi camisa como una nevada diminuta. La aplasto con los dedos y queda una mancha gris, casi hermosa, una prueba material de que algo estuvo ardiendo aquí. Pienso en la muerte, naturalmente, porque la muerte tiene la pésima costumbre de asistir a todas las conversaciones sin ser invitada. Pienso en el cuerpo que un día será silencio, en los pulmones que habrán confundido el aire con el humo, en este cerebro que insiste en fabricar preguntas incluso cuando nadie permanece para contestarlas. Y entonces el cigarrillo se apaga. No hay revelación. No hay puerta secreta detrás de la realidad. Sólo queda el olor adherido a los dedos, la ventana abierta, la noche entrando lentamente en la habitación y ese pensamiento todavía encendido en alguna parte, fumándome a mí.

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