Nos observan desde una cámara frontal


Nos observan desde una cámara frontal, ese pequeño agujero negro que llevamos en el bolsillo como quien lleva un dios barato, un testigo sin párpados, un insecto tecnológico adherido al rostro de nuestros días; nos mira mientras desayunamos, mientras mentimos, mientras fingimos estar solos, y quizá lo más obsceno no sea que alguien pueda observarnos sino que hemos aprendido a observarnos a nosotros mismos con la disciplina del sospechoso, girando apenas la cabeza para comprobar si la cara que ofrecemos coincide con la cara que deberíamos tener, como si el espejo hubiera conseguido empleo y ahora trabajara para una empresa, como si la intimidad fuera un barrio vigilado donde cada ventana paga alquiler por existir. La pantalla se enciende y aparece mi cara, pero ya no sé si la pantalla la devuelve o la fabrica, porque hay una demora mínima, una grieta de décimas de segundo en la que el gesto sucede antes que su imagen y entonces el cuerpo queda exiliado de sí mismo, condenado a seguir su propia copia, perseguido por una máscara que sonríe cuando uno todavía está pensando en no hacerlo.

Hay algo feroz en esa geometría rectangular: el universo entero reducido a un marco, la piel convertida en evidencia, el ojo convertido en expediente, la boca en contraseña, la arruga en dato, el miedo en mercancía. Todo quiere ser contado porque aquello que no puede medirse parece sospechoso, y así la vida entra en la cuadrícula con sus movimientos pequeños, sus insomnios, sus impulsos clandestinos, sus silencios que antes pertenecían a la noche y ahora pertenecen a algún servidor sin ventanas. Uno desliza el dedo, acepta, permite, continúa; la antigua ceremonia de entregar el alma ha sido sustituida por una pulsación casi ridícula. Pero el alma, esa palabra oxidada que todavía resiste en alguna habitación interior, quizá no haya sido entregada: quizá haya sido editada. La cámara no necesita castigarnos. Le basta con devolvernos una versión de nosotros que terminamos obedeciendo.

Aparece el verdadero problema, más profundo que la vigilancia: ¿quién mira cuando miro? Mis ojos parecen míos, pero han aprendido una gramática ajena; buscan el ángulo favorable, la luz favorable, la expresión que sobreviva al juicio de otros ojos invisibles. El rostro deja de ser rostro y se vuelve interfaz, máscara muscular para una multitud ausente. El inconsciente ya no espera detrás del sueño; aparece iluminado en una pantalla de seis pulgadas, en la compulsión de verificar, repetir, corregir, borrar, volver a mirar. Deseo ser visto, deseo desaparecer, deseo ambas cosas con la misma violencia, y entre esas dos pulsiones crece una criatura sin nombre que administra mi apariencia mientras yo continúo llamándola identidad.

A veces cierro todas las aplicaciones, apago la luz, dejo el teléfono boca abajo y escucho el zumbido mínimo de la electricidad, como si detrás de las paredes respirara una máquina enorme. Durante unos segundos creo haber recuperado el silencio, esa antigua superstición humana de pensar que el silencio significa ausencia. Después levanto la mirada y encuentro mi reflejo en el vidrio oscuro. No sé quién de los dos llegó primero. El rostro de enfrente no parpadea. Yo tampoco. La habitación permanece inmóvil, aunque algo, detrás de la superficie, sigue registrando.

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