La farmacopea del olvido
La farmacia abre a medianoche porque el dolor no respeta horarios y porque los muertos, aunque no tengan pies, saben perfectamente dónde queda la puerta. Entro. Hay un hombre detrás del mostrador con una bata demasiado blanca para esta ciudad y me pregunta qué necesito. Le digo que algo para olvidar. No sonríe. Nadie sonríe cuando se trata de olvidar, salvo los que venden seguros de vida. Me entrega una caja sin nombre, treinta comprimidos color hueso, y advierte que una tableta elimina una escena, dos eliminan un rostro, tres pueden borrar el motivo por el cual uno llegó hasta allí. Pregunto por los efectos secundarios. Dice: identidad, culpa, deseo, infancia. Pago. Afuera llueve como si el cielo estuviera lavando un expediente.
La primera pastilla sabe a metal y a fotografía quemada. Recuerdo a mi madre sentada junto a una ventana, pero la imagen comienza a perder los bordes, primero las manos, después el vestido, después esa manera absurda que tenía de pronunciar mi nombre cuando estaba cansada. Comprendo entonces que la memoria no vive en la cabeza sino en los órganos clandestinos del cuerpo, en el músculo que se contrae antes de saber por qué, en la garganta que se cierra frente a una calle determinada, en la piel que reconoce una temperatura como quien reconoce una sentencia. Trago otra. Desaparece la ventana. Trago otra. Desaparece la habitación. Una cuarta y ya no sé si alguna vez tuve madre o si inventé una mujer para justificar mi tristeza. La farmacología celebra sus pequeños milagros mientras el sujeto se desangra sin herida visible.
Durante días camino por la ciudad con el frasco en el bolsillo. Los edificios empiezan a parecerme órganos enormes de una criatura dormida, hospitales donde nadie cura a nadie, bancos donde se depositan años, iglesias donde se administra culpa con incienso barato. La gente compra analgésicos, sedantes, vitaminas, anticonceptivos, pastillas para dormir, pastillas para despertar, pastillas para trabajar doce horas sin preguntarse quién los está explotando. Yo compro olvido. Soy un consumidor ejemplar. Tengo derecho a olvidar porque he pagado por ello. Ésa es la nueva liturgia: convertir la herida en mercancía, ponerle código de barras, envolverla en aluminio y recomendarla después de las comidas. El capitalismo descubrió hace tiempo que también puede venderse la ausencia.
Pero el olvido no obedece. Esa es su vulgaridad más hermosa. Uno puede borrar una cara y conservar el modo en que esa cara hacía temblar una puerta. Puede eliminar una fecha y despertar exactamente esa mañana con la certeza de haber perdido algo. Puede destruir el nombre de un muerto y seguir soñándolo sin nombre, porque el inconsciente no necesita documentos para traficar con fantasmas. Entonces comprendo que recordar no consiste en conservar imágenes, sino en padecer sus residuos. Lo que creemos haber expulsado permanece como una sustancia sin forma, filtrándose por las grietas del lenguaje, apareciendo en el olor de una camisa, en una canción escuchada por accidente, en la geometría de una calle que de pronto se vuelve insoportablemente familiar.
La última noche parto todas las pastillas contra el suelo. Las piso hasta convertirlas en polvo. Hay algo ridículo en ese gesto heroico, una pequeña ópera doméstica protagonizada por un hombre que cree haber descubierto la libertad porque rompió su frasco. Después me siento en el suelo y espero. No ocurre nada. Ninguna epifanía. Ningún perdón. Ninguna música desciende desde el techo para certificar que sigo siendo yo. Sólo queda el polvo blanco alrededor de mis zapatos y una pregunta que no sabe dónde alojarse: si para dejar de sufrir debo dejar de recordar, ¿cuánto de mí tendría que morir antes de que la cura comenzara a funcionar? Afuera vuelve a llover. En algún lugar una farmacia enciende su letrero. Y dentro de mi cabeza, que ya no sé si es una habitación, una cárcel o una enfermedad, alguien pronuncia lentamente un nombre que yo había olvidado.