Calles desiertas
Las calles están desiertas y, sin embargo, algo camina. No sé si es el viento arrastrando una bolsa negra, un perro que aprendió demasiado pronto la filosofía de la intemperie o esa parte de mí que salió esta mañana sin avisarme y ahora deambula por la ciudad buscando una puerta que todavía recuerde su nombre. Los semáforos cambian de color para nadie. Rojo, verde, amarillo: una liturgia mecánica celebrada ante bancos cerrados, vitrinas apagadas, edificios que parecen haber sobrevivido a una guerra cuyo nombre fue borrado de los periódicos. Hay una belleza obscena en esta obediencia de las máquinas, en ese pequeño sol rojo ordenando detenerse a una avenida donde no existe ningún cuerpo que pueda obedecer. La ciudad continúa funcionando como un cadáver que conserva sus reflejos.
Camino. Cada paso produce un ruido demasiado grande. El asfalto devuelve mis zapatos como si debajo hubiera otra calle, otra ciudad enterrada, otro yo que camina simultáneamente en dirección contraria. Las ventanas me observan con sus ojos cuadrados. Algunas tienen cortinas; otras, televisores encendidos que derraman una luz azul sobre habitaciones vacías. Entonces comprendo que la ausencia no significa que no haya nadie. La ausencia es una forma superior de presencia, una presencia sin rostro, sin contrato, sin explicación. Alguien habría encontrado aquí mercancías dormidas esperando compradores que no llegan; quizá habría encontrado puertas cerradas detrás de puertas cerradas; el viejo dios del ser, si todavía conserva oficina, habría dejado sobre el escritorio una nota breve: vuelva mañana. Pero mañana también está desierto.
Doblo por una calle estrecha. Un papel de periódico golpea una pared, vuelve, insiste, golpea otra vez. Esa obstinación mínima me parece más humana que cualquier monumento. Pienso en el deseo, esa máquina hambrienta que inventa objetos para no admitir que nunca supo qué quería. Las calles también desean. Desean transeúntes, motores, vendedores, discusiones, niños corriendo detrás de una pelota, amantes que se besen bajo una marquesina mientras fingen que el mundo no existe. Pero ahora sólo tienen arquitectura. Y la arquitectura, cuando pierde al hombre, revela su verdadera crueldad: muros, ventanas, escaleras, puertas. Espacio organizado alrededor de una ausencia.
Sigo avanzando hasta llegar a una avenida enorme. No hay automóviles. No hay voces. Ni siquiera el zumbido habitual de esa maquinaria invisible que mantiene despierta a la especie. En el centro, una estatua levanta un brazo de piedra hacia un cielo sin respuesta. Me quedo mirándola. De pronto me parece ridícula. Después me parece aterradora. Después comprendo que quizá sólo sea una piedra y que todas mis interpretaciones son el ruido desesperado de un animal incapaz de soportar una superficie sin significado. El pensamiento inventa abismos porque una pared desnuda le resulta insoportable. La ciudad no dice nada. Somos nosotros quienes ponemos palabras en sus bocas de concreto.
Escucho una sirena lejana. Una sola. El sonido atraviesa las avenidas como una cuchilla y desaparece. Durante unos segundos creo que alguien viene. Espero. Nada. Sólo queda otra vez el viento, esa respiración sin pulmones pasando entre los edificios. Miro hacia atrás y veo mi propia calle extendiéndose hasta perderse en la oscuridad. Ya no estoy seguro de haber venido de allí. Tal vez nunca hubo un punto de partida. Tal vez caminar consiste precisamente en fabricar retrospectivamente una dirección. Sigo adelante, no porque sepa adónde voy, sino porque detenerme significaría aceptar que estas calles no están desiertas: están llenas de todo aquello que desapareció y todavía no ha aprendido a morir.