Memorias del subsuelo
Vivo debajo de mí mismo, que es una manera de decir que he hecho de mi conciencia un sótano y de mi cuerpo la llave que nunca encuentro. Arriba está la ciudad, esa máquina de fabricar rostros utilizables, oficinas donde la gente se alquila por horas, cafés donde las conversaciones caen muertas dentro de las tazas, vitrinas donde el deseo aprende a obedecer precios; abajo estoy yo, archivando versiones de mi derrota como quien guarda fotografías de incendios que todavía huelen a humo. Nadie baja hasta aquí. No por miedo. Por economía. El subsuelo no produce nada que pueda venderse, salvo esa mercancía clandestina llamada pensamiento cuando todavía no ha sido domesticado por una consigna, una nómina o una contraseña. Yo pienso demasiado y por eso me pudro despacio. Pienso en la libertad y me da náusea. Pienso en Dios y escucho una tubería rota. Pienso en el amor y algo dentro de mí cambia de cerradura.
He aprendido que las personas no soportan su propia existencia cuando no consiguen disfrazarla de propósito. Inventamos religiones, profesiones, matrimonios, revoluciones, gimnasios, dietas, naciones, calendarios, incluso enemigos íntimos, cualquier cosa con tal de no escuchar el ruido desnudo de estar vivos. Yo mismo participé en la ceremonia. Firmé papeles, estreché manos, fingí interés, sonreí en fotografías donde mi rostro parecía un rehén bien pagado. Después regresaba aquí, al cuarto donde una bombilla temblaba como un testigo arrepentido, y sentía crecer dentro de mí una criatura sin nombre que no quería salvarme ni destruirme, sino demostrarme que todas mis razones eran posteriores a mis deseos, que primero estaba la herida y luego inventábamos cualquier cosa para justificar la sangre.
A veces camino por este subsuelo como si fuera una ciudad enterrada después de una catástrofe que nadie recuerda. Hay puertas sin habitaciones, escaleras que desembocan en paredes, tuberías calientes que parecen venas de un dios obrero, fotografías comidas por la humedad, nombres escritos con uñas sobre el yeso. Cada objeto conserva una pequeña traición. La silla recuerda mi espalda; el espejo recuerda mis mentiras; la cama, esa patria miserable, conserva el mapa de todos los cuerpos que deseé y de todos los que convertí en fantasmas para poder seguir deseándolos. Comprendo entonces que la memoria no guarda el pasado: lo fermenta. Lo vuelve más oscuro, más persuasivo, más obsceno. Recordar es repetir una escena hasta que la escena empieza a recordarnos a nosotros.
Lo peor de la conciencia no es que descubra nuestra miseria, sino que descubre también nuestro talento para necesitarla. Hay placeres secretos en el resentimiento, dulzuras negras en sentirse excluido del banquete, una voluptuosidad casi religiosa en declarar que el mundo es una mierda mientras uno se reserva el derecho de ser la excepción. Yo conozco esa trampa. Me alimento de ella. Durante años convertí mi fracaso en identidad, mi soledad en aristocracia, mi cobardía en lucidez. Qué cómodo resulta despreciar una puerta cuando uno tiene miedo de girar la perilla. Pero incluso aquí abajo la contradicción respira. Algo quiere salir. Algo quiere quedarse. Algo golpea desde el otro lado de mi pecho, no como esperanza, palabra demasiado limpia para este lugar, sino como una violencia mínima, una insistencia animal que no sabe si es deseo de vivir o simple incapacidad para terminar.
Escucho pasos sobre el techo. Alguien camina arriba, quizá yo mismo, quizá otra persona que todavía cree pertenecer a la superficie. Los pasos avanzan, se detienen, vuelven. Suben y bajan dentro de mí como una percusión clandestina. Me acerco a la puerta. La madera está fría. Apoyo la frente. Durante un instante no sé si quiero abrirla o quemarla, y esa ignorancia me resulta más verdadera que cualquier respuesta. Afuera sigue la ciudad, maquillándose para la noche; adentro, la bombilla continúa temblando sobre mi cabeza como un nervio expuesto. Giro apenas la perilla. El subsuelo contiene la respiración. Yo también.