La política es la pornografía de los desesperados
La política es la pornografía de los desesperados porque promete desnudez mientras trabaja con disfraces, porque vende el cuerpo de la esperanza en alta definición y luego cobra por mirar, porque el miserable no siempre quiere justicia: a veces quiere una escena, una erección del odio, un culpable con nombre y rostro para poder descargar sobre alguien la electricidad de su fracaso. Entonces aparecen las pantallas, las plazas, los micrófonos, las manos levantadas como miembros votantes de una gigantesca anatomía nacional, y el candidato entra sonriendo, peinado por el viento industrial de la propaganda, con esa dentadura de altar donde cada palabra parece haber sido lavada con dinero y miedo. La multitud grita. La multitud necesita gritar. No porque haya comprendido algo, sino porque durante unos segundos el ruido le devuelve la ilusión de existir.
Hay una obscenidad más profunda que el desnudo: la necesidad. La necesidad convierte al ciudadano en espectador de su propia hambre, y al hambre en argumento, y al argumento en mercancía, y a la mercancía en bandera. El desesperado mira el debate como quien mira una puerta que quizá se abra sola, una carne imposible detrás del vidrio, un milagro con subtítulos. Le dicen futuro y él oye rescate. Le dicen patria y escucha el latido irregular de su miedo. Le dicen cambio y compra, por tercera vez, la misma caja vacía envuelta en colores nuevos. El deseo político funciona porque sabe que el ser humano soporta mal el vacío y soporta todavía peor descubrir que el vacío no tiene enemigo.
Por eso la democracia, cuando cae en manos de la industria del espectáculo, adquiere algo de confesionario y algo de burdel: todos vienen a mostrar sus heridas y todos esperan salir con una identidad más excitante. El voto se vuelve un pequeño fetiche, una ficha caliente que pasa de mano en mano con la solemnidad supersticiosa de quien arroja una moneda a un pozo sin fondo. Y allí, en el fondo, no hay un pueblo puro esperando ser salvado, sino sujetos partidos, deseos contradictorios, resentimientos de barrio, fantasías de revancha, nostalgias familiares, cuerpos cansados frente a una nevera casi vacía, ojos que han aprendido a obedecer antes de aprender a mirar.
El poder entiende esto con una precisión animal. Sabe que la desesperación necesita imágenes y que las imágenes necesitan enemigos. Sabe que una sociedad agotada no siempre pide verdad: pide intensidad. Por eso el discurso político se desnuda sin quitarse la ropa, gime sin decir que gime, penetra la conciencia por repetición, invade la intimidad con jingles, colores, rostros ampliados hasta convertirlos en deidades de supermercado. Todo debe provocar algo. Indignación. Deseo. Asco. Orgullo. Miedo. El contenido puede desaparecer, pero la excitación debe permanecer. La política ya no necesita convencer al ciudadano de que el mundo puede transformarse; le basta con mantenerlo mirando.
Y el ciudadano mira. Mira como quien espera una señal en la pantalla de un hospital. Mira porque la pantalla promete que detrás del vidrio todavía sucede algo. Mira al enemigo, al redentor, al monstruo, al padre, al vengador, al bufón. Mira y no advierte que la cámara también lo está filmando a él, que sus lágrimas, sus insultos, su furia, incluso su pureza indignada, caben perfectamente dentro del encuadre. La mercancía definitiva no es el candidato: es el espectador.
Quizá por eso cada elección deja ese extraño residuo de resaca, esa sensación de haber participado en una ceremonia cuya liturgia conocíamos pero cuyo dios nadie logró encontrar. Se apagan las luces, desaparecen los afiches, la ciudad recoge del pavimento los restos de la excitación y vuelve a respirar su humo habitual. Pero el ojo queda encendido. El ojo sigue esperando. Frente a otra pantalla, frente a otro salvador, frente a otra promesa cuidadosamente iluminada, el desesperado se acomoda en la oscuridad y descubre, demasiado tarde, que no estaba mirando una salida. Estaba mirando el agujero.