El crédito de los días muertos
Hay un reloj en la cocina que no marca las horas: las embarga. Cada tic es un funcionario entrando en la casa con zapatos mojados, levantando inventario, clasificando fotografías, descontando nombres, interrogando al polvo. La taza rota, la camisa sobre la silla, el olor del café viejo, todo ha sido declarado garantía. Entonces comprendo que la memoria no conserva nada, simplemente archiva pruebas contra nosotros. Recordar es comparecer. Amar es ofrecer un bien no depreciable a una administración que desconoce el milagro de lo irreparable. Y el corazón, pobre animal clandestino, sigue trabajando sin contrato, bombeando sangre en una empresa que ya anunció su liquidación.
En la calle, los semáforos cambian de color como sacerdotes agotados. Los autobuses arrastran rostros iluminados por pantallas, pequeñas capillas azules donde cada uno consulta la cotización de su propia ausencia. Nadie dice “estoy vivo”; dicen “todavía puedo”, “me falta”, “algún día”, como si existir fuera una solicitud en trámite. El deseo llega tarde, siempre tarde, porque ha aprendido de la deuda que primero se paga y después se pregunta para qué. Una mujer ríe frente a un bar cerrado y su risa parece una moneda falsa rodando por el alcantarillado. Un perro ladra hacia una ventana negra. Un ascensor sube vacío. La ciudad continúa, esa maquinaria obscena que convierte la repetición en destino y la costumbre en una forma elegante de sepultura.
Quizá por eso los días muertos pesan más que los vivos. Los vivos todavía pueden mentir, cambiar de nombre, incendiar el calendario, desaparecer antes del cobro. Los muertos no: permanecen exactos. Un lunes muerto es más tiránico que diez años porque ya no admite negociación. Y sin embargo algo se rebela en esa precisión: una grieta mínima, un ruido detrás del ruido, la intuición de que la deuda necesita que aceptemos su existencia. Durante años me dijeron que el tiempo pasa; ahora sospecho que somos nosotros quienes pasamos por una oficina enorme donde una máquina imprime nuestros rostros en papel térmico y los arroja a una bandeja marcada con una sola palabra: vencidos.
Esta noche he dejado sobre la mesa todas las facturas. No las quemé. Quemarlas sería concederles demasiada dignidad. Las ordené una junto a otra, como cadáveres administrativos, y escuché cómo la nevera encendía su motor en la oscuridad. Afuera llovía sobre los tejados y cada gota parecía llegar con retraso, como si incluso la lluvia estuviera endeudada. Entonces el teléfono sonó. No contesté. Volvió a sonar. Tampoco. A la tercera llamada comprendí que quizá no era el cobrador, sino uno de esos días que todavía no han muerto, llamando desde el otro lado de la pared, con una voz que no pedía salvación, sólo quería saber si yo seguía allí.