Quema mi nombre
Porque mi nombre no soy yo. Mi nombre es la cicatriz administrativa de una criatura que otros imaginaron antes de que pudiera defenderse. Me lo pusieron como quien coloca una placa sobre una puerta todavía vacía, y desde entonces todos entraron sin llamar. Mi madre lo pronunció con ternura, mi padre con una gravedad heredada, los profesores lo utilizaron para devolverme al orden, los amantes para invocarme desde la cama, los muertos para recordarme que pertenecía a una genealogía que jamás elegí. Incluso el espejo, ese miserable funcionario de la apariencia, parecía saberlo. Allí estaba yo: pronunciado antes de existir, clasificado antes de comprender, condenado a responder cada vez que alguien gritaba aquella combinación de sonidos.
Quema mi nombre porque estoy cansado de ser el personaje secundario de una palabra. Quema las letras una por una, como dientes arrancados de la boca de Dios. A, B, C, todas esas pequeñas máquinas de obediencia que aprendimos a juntar para fabricar una persona y después cobrarle impuestos, exigirle recuerdos, asignarle una historia, una patria, una tumba. Qué farsa tan perfecta: primero inventamos al individuo, después inventamos la culpa de haber nacido individuo. Y mientras tanto el cuerpo envejece en silencio, sudando debajo de la ropa, oliendo a animal encerrado, preguntándose por qué demonios debe cargar con una palabra que pesa más que sus huesos.
Esta noche voy a contemplar cómo arde. El papel se doblará sobre sí mismo, las letras se volverán negras, después rojas, después nada. Habrá un instante ridículo en que mi nombre parecerá un insecto tratando de escapar del fuego. Lo dejaré. No pienso salvarlo. Que muera con dignidad, si es que la dignidad sirve para algo cuando el lenguaje empieza a incendiarse. Quizá debajo de la ceniza no aparezca mi verdadero yo. Quizá no haya ningún yo. Quizá esa sea la última trampa: quemar la máscara esperando encontrar debajo un rostro auténtico, como si detrás de cada mentira existiera una verdad esperando pacientemente su turno.
No. Que no aparezca nadie. Quiero el vacío sin propietario. Quiero caminar por la ciudad sin que ninguna boca pueda reclamarme. Ser el desconocido que atraviesa una calle a las tres de la mañana mientras los semáforos cambian de color para nadie. Ser una sombra sin apellido, una respiración sin expediente, un cuerpo que pasa junto a una vitrina y no reconoce su reflejo. Y si alguien pregunta quién soy, que encuentre solamente humo en la habitación, un poco de ceniza sobre la mesa, el residuo ilegible de una palabra que alguna vez creyó contenerme.
Entonces comprenderé que quizá nunca quise desaparecer. Quizá solamente quería dejar de coincidir con aquello que me llamaban. Pero ya es tarde: el fuego ha comenzado a devorar la última letra y, durante un segundo, antes de que también ella se vuelva negra, todavía parece pronunciarme.